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Fábula del perico y el lagarto

Fábula del perico y el lagarto
Por: Daniel

-Puedes hacerme todo lo que quieras después de una…-. Eso había dicho ella, sacudiendo una bolsita de plástico llena de coca, cuando estábamos entrando al cuarto. Tardé un poco en entender la magnitud de lo que estaba diciendo. Todo. Lo había ofrecido todo. Pero antes tenía que entregarme, a pesar mío, a seguir sus condiciones, a hacer su ritual.
Hace rato la había visto, conocía sus gestos e intuía sus momentos de ansiedad. Sacaba con un gesto sutil y automatizado la bolsita de su bolsillo, palpaba con el índice y el anular que estuviera bien cerrada y que el polvito blanco estuviera donde lo había dejado e iba llamando a sus comensales con un leve guiño mientras hacía su recorrido hacia el lugar seleccionado. No duraba más de treinta segundos ahí. Dejaba a su clan rezagado y salía, sonriente, pasándose la mano suavemente por la nariz y la boca, con los ojos bien abiertos. Últimamente, esos ojos bien abiertos, me buscaban a mí, y sólo yo hacía que se cerraran. Sólo a mi me buscaban sus ojos, sus manos, su boca. Ella, que tenía una belleza para hechizar a cualquiera, me había escogido a mí. Empezaba a tenerlo todo.
-Claro-. Eso contesté. Con cierta inercia prudente para salir del paso. Algo dijo ella, que ese paquetico era especial, costoso y difícil de conseguir. Lo había estando guardando para mí, porque ella hacía rato sabía que quería que todo pasara conmigo. -Me encantas- dijo una vez, - pero con esto…- siguió, agitando el paquetico –… bomba. Lo que sea. Como sea. Amor de estratósfera.
Hasta entonces, yo había logrado evadir bien el asunto. Le dije un par de veces que estaba muy tomado para aspirar cualquier cosa y que no quería enfermarme. Otra, había picado una pastilla para el dolor de cabeza y me la puse en la lengua, fui tan histriónico que no hubo sospecha alguna. Sin duda,  la mejor fue mientras bailábamos.  Pegado a ella, la iba delineando con mis manos, con firmeza y en algunos arrebatos la halaba con fuerza hacia mí. En medio del toqueteo, metí los dedos en el bolsillo y le saqué la bolsita. Sin mirarla siquiera me le desaparecí dos minutos, cronometrados. Cuando volví, le clavé un beso antes de que dijera nada. Seguramente ahí firmé mi condena de esta noche.

La verdad le huía. Había tenido una experiencia dolorosa la primera vez que probé la cocaína. Había sentido esa inhalada como un suicidio, como un ejército de hormigas sulfúricas trotando por mis entrañas. Me dijeron que no era nada, miedo de principiante. Pero la angustia se mantuvo, cada vez más intensa, en el otro par de ocasiones que intenté hacerlo. Yo no nací para la cocaína. Que Dios me perdone.
-Ponte cómodo.- me dijo mientras se zafaba de un largo beso. –Creí que eso sólo lo decían en las películas- atiné a decir buscando de nuevo su boca. –Esto tiene su magia- contestó, sacudiendo otra vez el paquetico. Seguro debe tener su magia. Magia asquerosa que a mí me tocó no entender. Magia negra del polvo blanco. Recorrí las opciones. No saldría tan fácil de esta. Sabía que ella no estaba para convencerla con alguna romanticada discursiva y en ese momento, su cuarto, su casa, no había donde hacer alguna pirueta como esa vez en la discoteca. Me recosté sobre la cama, desabotoné dos botones de la camisa y me quité los zapatos. El cliché completo antes de la alteración ceremoniosa. Con la falta de soluciones llegaba la duda, de seguir así, seguro cuando estuviera por tenerlo todo no se me pararía o me pondría a sudar a cántaros. La paranoia del macho alfa brotando como alergia intempestiva. Qué palabrerío.
En cuanto salió del baño llegó la erección. Una explosión de sangre como un grito de alegría al cielo, un aleluya colosal. Salió cargando la bolsita, con las piernas desnudas, tersas y morenas, que se erguían como la antesala de un culo pequeñito pero bien redondo,  cubierto con lo justo por un cachetero azul oscuro. Encima, una camisetica blanca, ceñida, con un pequeño escote que no disimulaba en nada la excitación de sus pezones sino que, al contrario, invitaba a escalar mordisco a mordisco desde su pecho hasta su cuello, robándole en cada roce, un gemido. Lanzó la bolsita sobre la cama, ella se acomodó sobre mi cadera y, inclinándose un poco, paseó suavemente su lengua por mi boca. Entonces lo tuve todo claro.
Ella terminó de desabotonar mi camisa. Recorrió mi torso de arriba abajo con la yema de los dedos, escalofriándome, excitándome, refrescando con su respiración las primeras gotas de sudor que empezaban a brotar de mi cuerpo. Lanzó la cabeza hacia atrás para acomodarse el pelo y ahí la camisita blanca forró completamente sus senos, delineándolos a la perfección, realzando los pezones erguidos, haciéndolos testigos de un jadeo ansioso que comenzaba a apoderarse de ella. Tomé la bolsita y la escondí bajo mi pantalón. Ella sonrió pícara,  desabrochó hebilla, botón, cremallera, mientras yo jugaba a pellizcar su labio inferior con mis dientes. Sacudió la bolsita frente a mis ojos recordando lo inminente. Todo estaba cerca y esa era la condición. Se la rapé sin que se diera cuenta, y antes de que hiciera cualquier otra cosa le arranqué la camisita con esa pequeña violencia que delata, arrancándole también, sin haberlo pensado, un gritico agudo que me obligó a tener ese momento de silencio interno, apretando los ojos y el abdomen.
-Ponla en mi pecho. – le susurré.
- ¿Qué?- dijo gimiendo con el torso un poco volcado hacia atrás, mientras mecía su entrepierna mojada sobre la mía.
-La coca…- le dije, abriendo la bolsita y entregándosela, - ponla en mi pecho.- Tomé su mano entre la mía y dibujamos una pequeña línea sobre mi clavícula. Se inclinó sobre mí y la aspiró lentamente, con la solemnidad que ella le estaba dando al momento,  con tanta intensidad que yo sentí, en medio del calor y la humedad, como todo en ella se distendía y me esperaba.
 -Ahora yo- mascullé con determinación. Era ahora o nunca. Le arranqué nuevamente la bolsa de la mano,  la giré con fuerza y velocidad haciendo que ella quedara boca abajo, indefensa. Pase mis dedos sobre su hombro izquierdo, dibujé tres líneas imaginarias con los dedos, las repasé con la lengua y le dije –aquí será-. Ella acomodó su cabeza de lado sobre la almohada, yo puse la bolsita sobre su espalda, volví a trazar lentamente las tres líneas imaginarias, con la otra mano escondí el sobrecito de plástico en uno de mis zapatos y luego le corrí el panty hasta que la punta de mi verga tocó el calor de su entrepierna. Lentamente, rocé su hombro con mi nariz y mi boca, respirando el color de su piel y su aroma, erizándole los poros en cada centímetro, apretándola fuerte contra mí, cortándole la respiración, haciéndola gemir, la sentía jadear debajo de mí, la sentía disfrutar ese engaño que no intuía. Así, envalentonado por mi cobarde victoria, a merced de ella, cabalgué el calor, la humedad y la agitación de todo su cuerpo. 


Foto: bóreas
Por: Juan


viernes, 24 de febrero de 2012 Leave a comment

Adiós, hasta el silencio




Foto: mugre
Por: Juan

Adiós, hasta el silencio
Por: Daniel 

Muchos tragos es la vida y un solo trago es la muerte
Miguel Hernández

A los vivos se les debe respeto, a los muertos nada más que verdad
Voltaire  

                Aldemar Arévalo estaba  escondido en la loma, bajo la sombra de unos eucaliptos, de rodillas y con los codos apoyados sobre un pequeño tronco caído. Combatía un leve temblor respirando lento, ignoraba las gotas de sudor tibio que resbalaban por su frente e intentaba separarse del mundo entonando en su cabeza el pájaro de fuego de Stravinsky. Mientras, apuntaba el cañón del viejo Máuser 98, herencia de su abuelo, directo y severo a la sien de su padre.

Efraín Arévalo, padre de Aldemar, era un humilde empresario bogotano que había ido escalando posiciones en el mercado y la sociedad en los últimos tiempos. Había logrado salvar un cultivo de hierbas frescas y especias de un invierno despiadado en la región campesina de Quipile, en Cundinamarca. Lo puso a producir de inmediato, asociándose con los trabajadores vecinos que habían sido afectados por las lluvias para la siembra y la distribución, y sacando créditos para financiar la implementación de nuevas tecnologías, de modo tal que fue ganando poder y reputación en la zona y el gremio.  Pudo rescatar así la pequeña finca desvalijada de la familia, cuarenta fanegadas y una cabaña de dos pisos cuyo único tesoro era el fusil alemán que el abuelo había recibido como pago por la venta de una ternera para las fiestas de San Jorge a principios de siglo. Con ciertos sacrificios logró sacar a su hijo adelante, al enviudar en el nacimiento de la segunda. Así, Aldemar Arévalo tuvo una educación privilegiada en un colegio privado de la capital donde se codeaba con los hijos de importantes empresarios y políticos del estado y al mismo tiempo pudo viajar por Europa y Estados Unidos con una compañía regional de baile para interpretar bambucos y joropos. A pesar del amor que le tenía y de que sabía dirigir la finca y cuidar el cultivo, Aldemar se asentó en la capital donde se graduó como fotógrafo y montó un pequeño laboratorio de procesos analógicos con un amigo. Aún sabiendo que era un negocio en agonía, le alcanzaba para sostenerse con cierta holgura y a sus veintitrés años estaba bien para vivir.

El miércoles de esa semana, Aldemar había recibido una llamada a deshoras de su padre. Unos hombres de español atropellado y un machete colgando en cada bolsillo habían ido a la finca a intimidar a Efraín. Le estaban avisando que su tierra tenía otro dueño por una adjudicación legal por parte de algún agente del notariado que había firmado edictos a favor de un megaproyecto de producción agraria. Efraín fue cordial y prudente con el par de cuatreros, se esmeró por no hacer frases largas ni por revelar un gesto de quebrantamiento cuando le preguntaron por las actividades recientes del sindicato de campesinos de la región. Entendió de inmediato la calidad de redacción que tenía el edicto e intuyó el filo de los machetes, hizo oídos sordos a los gritos y a los insultos que le lanzaron cuando se negó a hacer una pequeña contribución para los gastos de transporte y gestión de la nueva administración. En cuanto se marcharon, a bordo de un desvalijado Chevrolet Trooper blanco, fue que llamó a Aldemar.
La madrugada siguiente ahí estaba el joven fotógrafo, con las mangas remangadas y las botas pantaneras, recogiendo chécheres y cargando cajas para desalojar lo antes posible. No pudieron marcharse la noche del jueves por culpa de una lluvia torrencial, así que acordaron partir a primera hora el viernes y desayunar en el camino. Aldemar aceptó a regañadientes, con ímpetu intentó convencer a su papá durante toda la noche de que él podía conducir bajo la lluvia, que era mejor abandonarlo todo rápido e incendiar tanto la tierra como la casa para no dejarle nada a esos desgraciados. Efraín pasó la noche en vela junto a la chimenea bebiendo pequeños sorbos de aguardiente que no lograron invadirlo de sueño.
La madrugada del viernes, Aldemar salió temprano a la quebrada que quedaba del otro lado de la pequeña loma mientras su papá terminaba de preparar unos sobres con dinero y una carta para los empleados de la finca. Aldemar siempre había querido tomar una foto en un pequeño pozo de la quebrada, emulando a la Dama del Lago cuando saca del agua a Excalibur, sólo que con el fusil del abuelo. Tomó su equipo de fotografía y guardó el rifle en su estuche original, donde había un par de balas en perfecto estado y una foto desteñida del abuelo comiéndose un pedazo de ternera.

Cuando se dirigía de nuevo a la cabaña, sin que hubieran pasado siquiera cuarenta y cinco minutos escuchó disparos. Corrió por una trocha para acortar camino, cuando estuvo del lado de la loma que daba contra la finca vio a lo lejos a unas personas que corrían por la carretera destapada y una jeep blanco estacionado frente a la cabaña. Se acomodó torpemente contra un tronco caído, sacó la cámara con el teleobjetivo y reconoció a Carmen, la cocinera, corriendo de la mano de su hijo de quince años, junto a Gilberto, el mayordomo. Frente a la cabaña estaba el Chevrolet Trooper con las puertas abiertas y un tipo sosteniendo una carabina recostado sobre el motor. A dos metros, otro tipo le daba machetazos en las piernas a Efraín, que se retorcía sobre al suelo amordazado y con las manos atadas por el nudo ciego y apretado de una cabuya.
Ya lo habían herido en las piernas y la espalda, tenía un lado de la cara ensangrentada como si lo hubieran marcado, y a penas si podía gemir del dolor. De la casa salió un tercer hombre señalando con una mano a Efraín y con la otra agarrando el mando del machete todavía envainado. Le pego una patada al viejo cuando estuvo a su lado, el tercer hombre gritó algo que llegó oídos de Aldemar, que estaba apoyando los codos sobre la madera, sosteniendo firme el fusil.
El estruendo del Máuser 98 cercenó al pájaro de fuego de Stravinsky, surcó a toda velocidad el aire, el aroma a orégano y romero, trazó una perfecta línea recta entre el verde intenso del prado de la loma hasta el verde azulado de los campos bañados por pepitas de eucalipto, hasta que se fundió como una gota de lluvia cayendo sobre lluvia, en el tímpano de Efraín, arrebatándole el dolor para siempre.

Aldemar huyó a toda prisa, lanzó el fusil en el pequeño pozo de la quebrada y se demoró seis horas en llegar a una carretera donde pasara un bus que lo llevara a Bogotá. Dos semanas después, comprando aguardiente a las tres de la mañana en una tienda, vio un titular en un periódico que anunciaba que una cocinera y un mayordomo habían sido encontrados muertos, junto con su hijo, en una carretera destapada del municipio de Quipile, Cundinamarca.

martes, 21 de febrero de 2012 Leave a comment

Una colilla de cigarro más...


Foto: El quinto jinete
Por: Juan


Una colilla de cigarro más... 
Por: Daniel


         El viejo Ti Noel vio al grupo de caminantes alejarse desde el árbol. Esperó aferrado a una de las ramas más gruesas del silvestre chamizo, con la cola doblada en un perfecto ángulo recto y la mirada enclavada en las pueriles piernas a medio cubrir del par de mulatas que iban de la mano de sus compañeros. Esperó ahí el regreso a su resignada soledad, erguido como un alfil del tiempo bajo un cielo de azul infinito.

Cada tanto llegaba a su pequeña vereda algún tipo de intruso. Bien podían ser viajeros extraviados que buscaban acortar camino por la ruta de la cascada, malandros dados a la fuga azotados por la fatiga o, como esa tarde, un grupo de jóvenes enamorados que le robaban al día un espacio para amarse en silencio. Se había establecido en esa pradera, en medio del litoral que recorría el Caribe al norte de la capital. Un callejón largo, destapado e inclinado que habían pretendido adecuar como vía alterna para llegar al puerto pero que fue completamente olvidado cuando se construyó la carretera que conectaba Puerto Príncipe con Léogâne.
Ahí fue donde cayó, despojado del cielo, siendo un buitre herido por una bala perdida.  Permaneció en tierra cuarenta días hasta que finalmente optó por refugiarse en la sombra verdosa de los pastos altos y en las ramas de los árboles desvalijados por el tiempo. Él había sido un hombre, un desertor de la humanidad luego de la revolución, que escapó escogiendo el silencio del buitre y la ilusión de eternidad que dan las alas. Pero el cielo se fue haciendo pesado, gris, insípido; se había llenado de extrañas y estorbosas menudencias que hacían arder sus ojos y raspaban sus alas cuando planeaba. Fue la bala, luego el impacto con el prado, el tiempo de inconsciencia, el estar desubicado en la vida y en la muerte, lo que lo llevó a cambiar las plumas por el pelaje gris con tintes pardos y las alas por las extremidades hábiles y la larga cola. Encontró agua y frutos que le bastaban para sobrevivir, y además, Ti Noel aprovechaba cada mochila descuidada para sacar algo que le permitiera alimentar el ocio. Robando cigarrillos, gomas de mascar, licoreras y correspondencias evitaba tener que enfrentarse a la aurora y al ocaso lleno de sus propias ideas o necesidades dándole vueltas por la cabeza. Odiaba que sus pensamientos velaran su tranquilidad y la sobrevolaran en círculos como si fuera carroña.

Encendió con un fósforo uno de los cigarros que le había robado a una de las mulatas. Se recostó contra el tronco del árbol, en la sombra y dio una gran bocanada. Pensó que los fósforos hacían parte de esos objetos simples que conservaban algo de magia al encenderse con un leve movimiento. Cayó en cuenta de que ese era precisamente el tipo de pensamientos que prefería evitar, los pensamientos que lo trasladaban mostrándole rostros y haciendo sonar voces que lo agitaban. Se concentró en la siguiente bocanada, larga, profunda, sentida, muda. Se pensó a sí mismo en el pórtico de una vieja casa, descalzo, con sus pantalones cortos, sucios, con la camisa blanca abierta, su pecho y barriga al sol, empuñando un tabaco y sintiendo el olor del azúcar sin saber muy bien si eran las oleadas de viento las que cargaban ese aroma o sus manos que de vez en vez suspiraban cansadas. Ahí estaba, con las piernas estiradas el viejo Ti Noel acomodándose el sombrero esperando a que no pasara el día, prolongando las horas para evitar tener que cortar y cargar la caña. Ahí sentado sentía ganas y pereza de tomarse un buen sorbo de ron, de oler el cuello de una mujer, de asir una lanza.
Desmenuzó la colilla con parsimonia sin despegarle la mirada y la enterró junto al tronco. Ya no hacían el tabaco como antes, dejaba un pequeño tufo metálico, la huella de las máquinas, esos monstruos de la producción en cadena que contaminaban las bocas y las almas de los que tomaban café, le echaban azúcar y lo acompañaban con un cigarro. Somos hijos bastardos del tedio, pensó. Aleteó al aire con su cola por un rato, mordió sus uñas y jugó a clavarlas en las pequeñas canales del tronco, siguió al sol en su despedida por el occidente. Qué pesado era el tiempo a esa hora. Hastiado, tomó la cajetilla de fósforos y, rompiendo sus principios, salió en dirección al camino. Necesitaba a toda costa un cigarro de esos podridos para revitalizarse un poco, a esa hora seguro encontraría un viajero cansado y apurado por la oscuridad al que podría robarle la mochila entera.

Una pequeña ráfaga de viento levantó un poco de arena que se le coló por la garganta haciéndolo atorar. Se había quedado dormido, recostado contra una piedra a un costado del camino. No sabía en qué momento de la noche ni  en qué rincón de la isla estaba. Encendió un fósforo con la esperanza de entender cuál era su lugar en el mundo en ese momento. Uno tras otro se fueron consumiendo los fósforos, y con ellos se iba perdiendo él, desvelado e indefenso en las fauces de la noche. Caminaba despacio, arrastrando las patas, barriendo el suelo, esperando encontrarse con un pequeño y suave regalo del azar lleno de alquitrán, pero solo sentía un frío y áspero sendero casi infinito. Sacó con resignación la última cerilla de la caja, la dejó entre sus dientes mientras caminó con el desdén de un condenado hasta la orilla opuesta del camino. Encendió el mondadientes mágico, admiró la llama amarillenta que se fue azulando y para que no se agotara decidió estrellarla contra cualquier hoja que ahí hubiera hasta encenderla. De un lado del camino brotó un pequeño fuego que fue creciendo con el paso itinerante del viento. Ti Noel estaba de pie, petrificado frente a su obra viva. Viéndola, supo que tarde o temprano llegaría al menos un centinela alarmado, caminando lento por sus incómodas botas, zarandeando una linterna y mascando algo que podría robarle, y por qué no, matarlo.

domingo, 12 de febrero de 2012 Leave a comment

De vez en cuando, un viajero



Foto: La liga de los magos
por: Juan


De vez en cuando, un viajero
por: Daniel



        El barco llegaba con un cargamento de ron que tenía cerca de cuatro meses de retraso. Algún hijo prófugo lo vio desde la colina y empezó a correr, gritando, avisando a todos los demás de su terrible descubrimiento. El pequeño sentía una llama inmensa avivarse en su interior, como si hubiera sido testigo de una llegada divina y estuviera por encima de los demás tontos y lerdos habitantes del pueblo por el mero hecho de haber encontrado ese tesoro en el horizonte mientras perdía el tiempo. La llegada del barco extraviado había encendido un vértigo extraño entre los pocos habitantes que quedaban, además de las ansias que les provocaba enterarse de la razón de la demora, temían encontrarse con que la parte de su familia que se había lanzado a la mar cuando zarpó el Lagunante no había logrado regresar con vida. La muerte es el primer augurio cuando empieza una espera injustificada, eso rogaba la tradición del pueblo, un pensamiento anclado en las entrañas más sensibles de las últimas desveladas madres que quedaban.

Al pueblo había llegado un par de meses atrás un almirante desconocido, solo, en un barco atiborrado de botellas con otra marca de ron. El marinero alegaba que su mercancía había sido sacada de una de las casas costeras de la aduana real, un producto exclusivo de altísima calidad que los piratas empezaron a robar al no encontrar nunca el lugar de origen de la caña azucarera, que, según el relato del viejo lobo de mar, era sembrada en una tierra donde aún la corrupción humana no había puesto pie y eso le daba al trago un sabor único. “Como acostarse con una hermosa niñita virgen” le decía, bajando el tono y con cierta complicidad,  a los hombres desdentados y peludos que se sentaban a su alrededor en la taberna cada tarde a beberse la noche mientras sus mujeres educaban a los pequeños delincuentes en potencia, iletrados nietos del mar, entre lágrimas. A pesar de que habían bebido día y noche desde que ese extraño cargamento llegara, no daba indicios de poder acabarse algún día. Era como si todo lo que se sacaba para el día se multiplicara al interior de las cajas y quedara siempre lo suficiente para seguir embaucando al cerebro por la noche. Todos los hombres en tierra, todos los estériles hombres de tierra, ahogaban con el ron el pensar que sus hijas y mujeres jóvenes hubieran sido víctimas de algún ataque de la naturaleza desquiciada, bien fuera del mar o del hombre y sus patrañas. El ron los había llevado de pasar del luto al olvido, por eso la fantasmagórica aparición abría en sus corazones un temor inmenso al sentir que se encontrarían frente a algo completamente desconocido, o peor aún, algo frente a lo que no soportarían la culpa.

El Lagunante había zarpado en busca de un supuesto cargamento de ron para las fiestas de fin de año, pero realmente su objetivo secreto era ir en busca de hombres. Las fiestas caían como anillo al dedo al plan femenino de salvación,  un excelente pretexto para repoblar el pueblo, un proyecto a futuro que acabaría con la mediocridad y la falta de ambición con la que habían sido criados los niños de esa generación por sus borrachos padres sin esperanza.
Llegó al puerto con el atardecer, ancló ante la mirada atónita de la población que lo miraba desde la cima de la colina y tras una espera sus tripulantes empezaron a bajar. La noche ya recubría el cielo, los curiosos y asustados personajes del ron se acercaban lentamente a la costa, del barco salían una a una las marineras, de lejos parecían pequeñas estelas de fuego que destellaban en el puerto, lideradas por su capitana, de albo vestido, paso elegante y rostro cubierto. El barco, que había llegado con problemas aunque nadie en tierra se percató de ello, se fundió con el mar, con el cielo y en ese derretimiento extraño empezó a llenar el aire de una bruma espesa y fría que no tardó en carcomer la poca cordura que quedaba en los hombres. Ante ese escalofrío, alguno tuvo la brillante idea de abrir la caja mágica del ron, sacar botellas y repartirlas indiscriminadamente sin importar el rango de edad. Los quince minutos que demoraron las ánimas del puerto en llegar donde sus viejos compañeros de la colina, fueron suficientes para encontrarlos hechos  carroña.  

lunes, 5 de diciembre de 2011 Leave a comment

Este juego de nosotros



Foto: El sol no basta
Por: Juan



Este juego de los dos
Por: Daniel

- ¿Qué haces con esa hoja?
- Nada, uno no puede hacer nada con esta hoja.
- Se ve bonita a contraluz.
- Será lo único.
- No, pásamela por la espalda. Despacito.
- Entonces quítate la chaqueta y la camiseta, despacito.
- No me voy a quitar nada.
- ¿Por qué?
- Porque me empieza a picar el pasto.
- Puras excusas.
- Te calientas muy fácil.
- ¿En serio?, ¿sólo quieres que te pase la hoja por la espalda y ya? Vas a terminar durmiéndote.
-¿Y qué si me duermo?
- Me voy de aquí y quedas como un alma desolada.
-Te vas de aquí a jalarte un rato.
- Podría.
- ¿Por qué paras?
-  ¿Te acuerdas de la última vez que estábamos en estas?
- Sí, claro, en la casa de la abuela.
- Con la escobilla de la chimenea.
- No sé cómo me pudo parecer sexy eso.
- Acabó bien esa vez, ¿no?
- ¿Si ves?, pura calentura tú.
- Los dos.
-Esa vez…
- ¿Qué crees que hubiera dicho tu mamá si nos hubiera encontrado?
- Yo creo que se devolvía a llorar en el cuarto.
- Si, podría.
- ¿Y tu mamá?
- Se pone a hablarnos ahí, mientras estamos en bola, para hacernos sentir bien poca cosa.
- Y luego nos dejaría de hablar…
- ¡No! Nada que ver, se pone a hablar todo el tiempo. Y como a vigilar. Y a preguntar. Como si todo estuviera bien pero la verdad no. Muy querida ella, así sería.
- Efecto-induce-suicidio
- Si. Suicídate-en-bola. ¡Oye!, pero imagínate lo que haría la abuela…
- Nos deshereda.
- Nos mata. Nos incendia. Nos mete en la chimenea y nos quema con casa y todo.
- Por pecadores. Porque sólo el abuelo y ella podían hacerlo en esa sala.
- Y usar, así, la escobilla.
- Qué asco… Qué descaro nosotros.
- Pecadores y descarados al cuadrado.
-¿Cuál es tu pecado favorito?
- Gula.
- Mentira. La calentura. La lujuria. ¡La lujuria!
- ¿Y tú?
- Te vas a reír… La vanidad.
- No te creo.
- ¿Por qué?
- Eres más como la ira.
- No. Ese serías tú.
- La pereza entonces.
- No. Es más como la soberbia.
- ¿Por qué lo dices?
- Tengo un amante.
- Yo sé.
- ¿No vas a decir nada más?
- ¿Por qué no me habías dicho antes?
- ¿Desde cuándo sabes?
- ¿Eso importa? ¿Por qué no me habías dicho?
- ¿Cuánto tiempo llevas así, como si nada?
- ¿Con qué cara me dices eso?
- No sabía cómo decirte.
- Así. Tengo un amante.
- No es tan fácil.
- Para mí tampoco.
- No reaccionaste como creí.
- No piensas bien últimamente.
- No seas así.
- No me jodas.
- Ponte como quieras entonces.
- No es lo que yo quiera, ¿no? Yo soy pura calentura, ¿no?  Vete a la mierda.
- Ahora sí reaccionas como creí.
- ¿Me trajiste hasta acá a calentarme las huevas y a decirme que tienes un amante?
- Tú solito te calentaste las huevas.
- No me jodas Miguel. ¡No me jodas!

- Apuesto a que él no te da besos así.
- No.
-Apuesto a que es todo animal y te babea toda la cara.
- No.
- Entonces nunca antes se había dado besos con alguien y por eso te gusta.
- No. Son besos suaves. Sus labios son carnuditos. Se mueve lento. Me aprieta, casi siempre me aprieta. Me gusta. Es rico.
- ¿Por qué carajos me cuentas eso? Imbécil.
- Me pasa la lengua por debajo de los dientes, despacito.
- Cállate.
- Y me muerde pasito. Sabe morder.
- ¡Que te calles!
- ¿Te calentaste?

- Te odio.
- ¿Por qué te conozco?
- Porque sí.
- Tú me haces sentir más cosas.
- Es porque él no te conoce como yo.
- Es ella.
- Quien.
- Él es una ella.
- ¿El que te muerde y te aprieta es la que te muerde y te aprieta?
- Ajá.
- ¿Quién es?
- Se llama Ximena.
- ¿Y?
- Estudia para ser actriz, baila ballet y canta.
- ¿Tiene una mamá neurótica que no la dejó tener adolescencia y un hermano que la cela con todos?
- No.
- Entonces no la conozco.
- No, no la conoces.
- Preséntamela. ¿Es bonita?
- Si. Muy bonita. Eso, bonita.
- ¿Complicada?
- No, para nada.
- ¿Le gusta la pizza?
- Si, pues, hemos comido.
- Preséntamela. Vamos a comer pizza.
- Es callada.
- Entonces es mojigata.
- Tan bobo.
- ¿Crees que le guste?
- ¿Gustar cómo?
- Pues, que le simpatice y quiera volver a salir conmigo.
- No veo por qué no.
- Llámala ya.
- ¿Y qué le digo?
- Que tienes un amigo, que es buen partido, que si salimos a comer pizza que estamos cerca.
- ¿Lo de siempre?
- Lo de siempre.
- No contesta.
- Déjale un mensaje.
- Está bien.
- Vamos por un chicle antes.
- Bueno. Pásame la chaqueta y la camiseta, por favor.
- Toma.
- Espera. Hola Ximena, ya vamos por ti, dile a tu mamá que no nos demoramos, sólo vamos a comer. ¿Bueno? Oye, y dile que conseguimos la hojita.

lunes, 21 de noviembre de 2011 Leave a comment

Cuento lúdico para niños sin pesadillas

Cuento lúdico para niños sin pesadillas
Por: Daniel

Abelardo Piñeros sacó el tubo de ensayo del horno, lo miró con la sonrisa macabra que había estado añejando durante toda su inmunda vida y lo tomó, cuidadoso, entre sus manos llenas de grasa y escombros de alopecia, para guardarlo finalmente, lleno de emoción y sudor, envuelto en un fino paño rojo del más suave carmesí. Había, por fin, perfeccionado el virus con el que los feos tendrían su revancha sobre la humanidad, bellezocrática y traicionera. Abelardo salió de su apestosa cloaca, un laboratorio secreto construido en el laberíntico circuito del alcantarillado de la capital del mundo, para encontrarse con el resto de su organización de feos asquerosos.

Guillermo Tejada, un negro chaparro con labio leporino a medio operar, ojeras perennes y el afro de un caracol; recibió el paño con la emoción con la que se recibe en navidad un regalo mejor que el del vecino. Su diente de oro de fantasía dio un pequeño destello en la puerta del subterráneo cuartel general, cuartel que antes pertenecía a los masones pero fue conquistado por los feos luego de un pequeño pony de troya repleto de licor envenenado, en el que estaban consignados en los roídos muros de corcho los retratos de los bonitos categorizados como accesibles e influyentes: sin ser celebridades eran seres afrodisiacos que bien podían ser los conejillos de las más bellas indias para llevar a cabo el brutal y vengativo experimento.

 Rosalinda Caro, recibió del negro paticortico el paño, Guillermo había recorrido en su triciclo las calles principales de la capital del mundo y había entregado el sagrado testimonio a la encargada de empezar a propagarlo entre sus colegas-poco-o nada-favorecidos-por-la belleza para que la hora del arbitrario juicio final llegara por fin a la faz de la tierra y borrara por completo a la postiza y plástica humanidad. Rosalinda era la encargada de la imagen (si se puede hablar de algo así con los feos) del grupo insurgente. Mantenía al grupo, de calibre internacional, informado a través de plataformas virtuales, dándole un hogar a los corazones no queridos y los fracasos reiterados bajo el estandarte de “los más equis”, grupo que ha sido objeto de burlas por parte de la humanidad entera al ver las fotos de sus integrantes y los conflictos existenciales que manifiestan. Rosalinda llamó a su amiga medio bonita para que ella llamara a la bonita, así hasta llegar a la realmente bonita. Se reuniría entonces el grupo de mujeres, a deshoras obviamente, era una emergencia, otra crisis de la gorda babosa con tetas estrábicas y exceso de fluidos y gases, angustiada porque nadie la quería y nadie la había tocado desde que la cargaban sus papás, y eso que a las malas. Otras feas, de las más selectas, habían sido encargadas con la misma misión, fingir un berrinche memorable, una escena típica y nada sospechosa que no levantaría ninguna suspicacia entre los tontos bonitos.

Y así ocurrió. En simultánea, casi, muchas feas a medio querer por sus amigas lloraron sus ojos y propagaron el virulento descubrimiento del tibio Piñeros en bares, restaurantes y parques de la capital del mundo.

 El virus consistía en una pequeña partícula malévola incompleta que se conectaba cuánticamente con su complemento, superando el espacio-tiempo-género-edad, provocando una reacción de inhóspita fatalidad. En cuestión de horas el virus que había sido regado en la capital del mundo se había extendido hasta los recodos de la selva y las profundidades de los sindicatos y sus rocambolescas guaridas. No había en el mundo un rincón exento de la amenaza encarnizada de la fealdad. Cada vez que alguien se masturbara su pensamiento activaría la malévola y fatídica partícula incompleta que buscaría a toda costa, en cuestión de micro milésimas de segundo, conectarse con su complemento. El complemento lo encontraría en el ser inspirador del dichoso, o doloroso, pajazo. La conexión metaorgánica potenciaría las sensaciones deleitosas del acto de autoplacer o autoconsuelo, y al mismo tiempo generaría una carcajada imparable e incontenible en el ser inspirador, acabando con su vida con un ataque de risa, o en el mejor de los casos, una explosión de algún órgano interno, sea estómago, páncreas, hígado o riñón, y bienaventurados a quienes les explota el cerebro: una muerte que economizaría el dolor, sin duda.

Todos los seres del mundo prosiguieron tranquilamente con sus cotidianeidades, matanzas, apuestas, traiciones, lanzamientos, uno que otro suicidio o enfermedad, y esas cosas que rellenan las redes sociales y líneas telefónicas permanentemente, “los más equis” sólo esperaban. A las 9:45 de la noche en la capital del mundo, hora en la que la mayoría de la población normal está lejos del REM, Gasparcito Prada, un tuerto manco que nació feo y se volvió inmundo luego de un accidente, recibió la orden del ñoco Casimiro, el discípulo del negro Guillermo, para detonar la fase tres, la fase terminal del plan. Gasparcito fundió el generador principal de la central eléctrica principal de la ciudad. El apagón fue total, a tal punto que los policías debieron salir con sus linternas a las vías principales de circulación para pedir a los conductores que esperaran “in situ” mientras se resolvía la pequeña falla del sistema eléctrico abastecedor de la ciudad. Nada como el caos de las comunicaciones, la privación de los típicos y moralmente aceptados sistemas de entretenimiento, para desatar un tsunami de pajazos tremebundos o arrunches pornograficoides. Los gritos no se hicieron esperar, las carcajadas menos, el cielo se pobló de dolorosos sonidos de placer mientras que la ciudad se poblaba de cadáveres, provocados no sólo por el virus sino por situaciones mal manejadas, como la tristeza de ver a un ser querido morir, o el darse cuenta de la ausencia propia en los pensamientos de deleite de un ser querido. Los feos se aglomeraron en los diferentes templos, rezando cada uno para no hacer parte del pequeño margen de error calculado. Si bien se trataba de una guerra en la que había que darlo todo por vencer, les torturaba pensar que no gozarían de la bienaventuranza que brinda la venganza por culpa de algún loco o desadaptado con problemas de filias descarriadas o amor idealizado.
El mundo, dominado ahora por los feos, debía enterrar sus preciosidades y nada como los océanos para hacerse cargo de cobijar a los antiguos tesoros de la humanidad. Ese día, la tropa universal de los malucos celebró el haber acabado con una minoría dominante de la humanidad, pero también entendió, ya un poco tarde, que junto a ella, había enterrado a la buena paja.




Foto: los infortunios de la calvicie
Por: Juan



lunes, 7 de noviembre de 2011 Leave a comment

Cromatografía




Foto: con el vapor
Por: Juan




Cromatografía
por: Daniel



Cuando volví a ver al hombre lo sentí mucho más obsesionado de lo que había estado la primera vez. El pensamiento punzante que había estado rondando mi cabeza desde que me fui de la imprenta en esa ocasión se hacía más verosímil en cada gesto del tipo: él había inventado toda esa extravagante patraña para quedarse unos días más con la imagen, desvelarse a la luz de una lamparita para intentar descifrar los secretos y enigmas que sólo él veía en esa combinación de formas y colores.
-¿Cómo es el título de la foto?- me preguntó mirándome por encima de sus anteojos, moviendo la boca desagradablemente como si llevara horas masticando un hueso.
- No sé. Atardecer, supongo. – Contesté extrañado. Ni siquiera había pensado en eso. Quería hacer esa impresión para llegar a la casa de María con un pequeño detalle que la mandaría derecho a mis brazos. “Mira, María, la foto que tomamos el otro día, ¿te acuerdas?” Ella diría que sí, se sorprendería al ver lo bien que quedó, le encantaría que fuera así de grande y me pediría que la ayudara a pegarla en la pared al frente de su cama, sobre la repisa, para verla todos los días. Haríamos uno que otro chiste mientras la pegamos y en una de esas maromas nos daríamos un primer beso y sería cuestión de segundos que nos lanzáramos a la cama. Le pasaría la mano por los hombros, bajaría por toda la espalda arañando un poco en la mitad del deslizar de mi mano y luego la clavaría con suavidad y firmeza a la vez debajo de su pantalón. Sentiría todo su escalofrío, ella me miraría y murmuraría algo caliente y emotivo, me quitaría la ropa, yo a ella, los dos a torso desnudo empezaríamos esa danza acalorada…   

- No estaría lista para dentro de poco. Tendría que pasar esta tarde, o mañana.- Dijo el viejo con cierta indiferencia, obviamente sobreactuada.
-¿Cómo así?, lleva muchos días con ella, ¿Por qué no podría sacarla para hoy?
- Es una espléndida foto, joven. No entiendo muy bien la forma de algunos elementos del encuadre, tiene una pequeña mancha negra y una descompensación de masas que podría generar disgustos. Sin embargo, lo realmente mágico y lo que hace que sea realmente bella es esa tonalidad púrpura bañada por esos hilos dorados. Es como alquimia cromática.

No presté atención a sus palabras excitadas ni a sus gestos celebrativos ni nada. Tenía rabia, una rabia insoportable hacia el tonto anciano que era incapaz de hacer su estúpido trabajo bien. No quería escuchar su cátedra de fotografía ni mucho menos, quería la maldita ampliación rápido y ya. ¿Qué tan complicado podría ser? Yo podría hacerlo solo seguramente. Sí. Cerrar la puerta con seguro sin que se diera cuenta el viejo, igual medio sordo ya debe estar, no sería difícil. Agarrarlo por la espalda, por sorpresa, noquearlo y hacer esas pendejadas que ha estado haciendo con las otras fotos mientras me tiene esperando ahí como un imbécil. Cuando se despertara el viejo encontraría todo en su lugar y agradecería que no me hubiera aprovechado de su estado, entonces no tendría ningún problema legal. No volvería tampoco a esta lugar, además, ¿Quién lo necesita?, no soy fotógrafo ni me interesan estas pendejadas químicas o de impresión. Listo. Chao viejo. Hola María. Así de fácil.

-Podría hacer algo, pero le costaría más.
-Sí, lo que sea.- Ya no me importaba. Haría lo que fuera por ese cuerpo de María. Porque me sudara encima y agarrarle con fuerza las piernas. - ¿Cuánto más?- pregunté sacando de una vez la billetera para que el viejo se diera cuenta del afán y de que iba en serio.
- Para que los colores sean los apropiados tengo que cargar la máquina con tinta nueva. La tinta fresca da esas posibilidades, de saturar y degradar al antojo de la magia.
-Lo que diga. ¿Cuánto es?
-Tengo que ver en qué van los otros cartuchos. Y necesito que me ayude a cambiarlos. La máquina es pesada y ya me ve, los años no llegan solos.

Me acomodé en silencio al lado de él para que entendiera que le ayudaría. Igual no tenía de otra. Abrió la puerta tras el mostrador y encendió la luz de un pequeño cuarto sin ventanas con un inmundo papel tapiz verde que recubría todo, hasta el techo. Olía a cementerio de ratas. Como si las ratas hubieran quedado inconscientes por aspirar el olor de los químicos que estaban almacenados en el viejo mueble de madera podrida. Y luego de perder el conocimiento hubieran perdido su pasado y su instinto,  dando vueltas y condenadas a morir y a desintegrarse en ese patíbulo. Quizá lo que mascaba el viejo eran huesos de ratas. Perdí de vista al anciano, inexplicablemente, el cuarto era pequeño y la luz lo cubría todo, pero no estaba ni junto al mueble de madera, ni al lavadero, ni al lado de la prensa enorme, ni había escuchado la puerta. Seguro estaba con las ratas.


Lo último que vi fue una gran hoja de papel fotográfico. Casi del tamaño de la pared en frente de la cama de María. Vi que se estaba dibujando en él la silueta de un árbol y de un acantilado, bajo un cielo que se llenaba cada vez más de púrpura y anaranjado. Por levantar así la cabeza perdí toda la fuerza. Como si mi sangre fuera drenada constantemente y mi cuerpo no tuviera de donde sacar energía. Mentira. Lo último que vi fue el tubito que salía de mi cuello hasta la cubeta de la foto, si lo había sentido pero no sabía que era. Llevando mi sangre con su rojo intenso en el caudal de la despedida. Fue lo último que vi antes de empezar a perder las cosas de foco. Antes de que el octogenario maniaco hiciera crujir con su maldita prensa todos mis huesos, hasta destrozarlos y hacerlos añicos. Claro, minúsculos pedazos de calcio y tuétano, del tamaño de un infeliz mondadientes.

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Clínica Estul


Foto: Ruido gris
por: Juan




Clínica Estul
por: Daniel



- Pase lo que pase, veas lo que veas, no me sueltas la mano y no abras la boca. ¿Entendido?

La niña asintió tímida y emprendió la marcha de la mano de su madre. No había terminado de sacudirse el sueño, había dormido todo el trayecto en carro hasta que un frío infame se coló por las ventanas dejándole una sensación insoportable en las manos. Cuando se enderezó sobre el asiento para ponerse el saco, le nació un nudo ardiente en la garganta. Su madre manejaba en línea recta hacia el enrejado portón que rezaba “Clínica Estul”, el hospital donde su padre se había tomado la última foto abrazado a un paciente, un caso especial, que días después lo despedazaría con un rastrillo saliendo de ese mismo recinto. Ángela tenía muy poca edad para entender todo lo que sucedía tras esas rejas, pero era lo suficientemente grande para saber que el tener que ir allá era lo que explicaba la tristeza y el malestar de su madre. Hizo caso, selló su boca como si fuera la única manera de sobrevivir en ese roído edificio con olor a estribo y acetona.

Un guardia empujó la puerta de la entrada, uno de los vidrios se separó en el acto cayendo contra las baldosas de la entrada, untadas de sangre. El vidrio resonó como un lamento, hasta que se estrelló contra una enorme y vieja lámpara medieval que colgaba ocho pisos más arriba. Ángela la vio moverse antes de bajar la mirada y encontrarse con el pelo gris del conserje que caminaba lento con el recogedor y la escoba hacia las cenizas del vidrio. Cuando pasó a su lado vio la columna torcida a la sombra de una pequeña joroba. De nuevo con los ojos clavados al frente, vio la pequeña luz del ascensor darse paso entre latas rotas y oxidadas  hasta que la puerta se abrió delante de la vieja desgarbada y descalza de bata rosa que lo había pedido. Un grito ahogado sonó a sus espaldas, Ángela vio al conserje de rodillas agarrar su mano antes de que se cerraran delante suyo las persianas del elevador. Se dio cuenta en ese instante de que ese gemido era lo único que había escuchado desde que habían entrado a la clínica, miró a su madre con los ojos cristalizados por la incertidumbre y el miedo pero ella estaba murmurando algo con los ojos cerrados. Ángela se aferró al brazo tibio de su mamá y apretó los ojos como antes había apretado la boca, mientras subía esos seis pisos carcomidos de eternidad.

El pasillo del sexto se abrió delante de ellas. La vieja de la bata rosa no se movió del ascensor hasta que se perdió detrás de las cortinas de aluminio. A los tres pasos, la madre y su hija fueron cubiertas por un halo de luz grisáceo que sobrevivía a penas para atravesar el vidrio sucio de la ventana, era la única ventana del corredor y les daba la bienvenida al pabellón de casos especiales. Ángela tuvo que apurar la marcha para no quedar atrás y no soltar la mano de su madre. En eso estaba concentrada cuando un grito desalmado laceró el silencio de las dos mujeres que caminaban. Ángela buscó de nuevo una respuesta en los gestos de su madre pero no alcanzó a mirarla, ante ella empezaron a desfilar puertas abiertas o a medio abrir, a lado y lado, dejando ver un viejo que convulsionaba mientras sostenía una ficha de dominó, una vieja que se arrancaba el pelo y lo pegaba con saliva a la pared, un niño con los ojos completamente plateados las vio pasar completamente inmóvil, de pie sobre su cama. Ángela contó unos pocos pasos con los ojos completamente cerrados, se dejaba llevar por el andar de su mamá, pensaba en que saldrían de allá en poco tiempo, que llegaría a casa y su pequeño perro saldría corriendo a saludarlas. Pero la imagen  del perro corriendo se fue volviendo gris hasta que dejó de correr por completo.

-Linda, quédate aquí, por favor, no digas nada y no te muevas. Lo estás haciendo muy bien.

Ángela asintió con los ojos aún cerrados, se pegó contra la pequeña columna que le indicaban las manos amorosas y vio al perrito que corría degollado sobre el pasto. El vértigo la dejó pasmada con los ojos tan abiertos que se le secaron de inmediato. La ventana, al fondo, estaba cubierta por una cortina negra. En medio de la habitación había una gran cama recostada contra la pared, sobre ella, un enorme reflector de luz halógena a medio encender. Entre los dos, el cuerpo de un viejo, paralizado, arrugado, que cubría su torso desnudo con sus brazos, el resto estaba  cubierto con una manta verde. Sólo sus ojos se movían, como loco, como si detestaran el encierro en sus órbitas. Alrededor de la cama se erguían dos médicos, tapados hasta la coronilla con sus batas blancas, sus guantes y sus tapabocas. Sólo se les sentía la voz cuando afirmaban o negaban algo a lo que preguntaba la madre. Al otro lado, al lado de la cama y la ventana, un viejo calvo, encorvado y enclenque pasaba su mano cadavérica sobre la cara del enfermo. Ángela, aferrada a la columna helada, contuvo el llanto cuando vio que su mamá caminaba rodeando la cama, mordió su labio cuando la vio acercarse al viejo sombrío

-Si la miras a ella me pierdes para siempre – susurró su madre al oído del anciano desgarbado. Él se encorvó aún más, se recostó contra la pared al pie de la cabecera y le dio la espalda a los médicos que parecían no haberse percatado de la escena. Ángela por fin encontró los ojos de su madre que le lanzó una sonrisa fugaz antes de volver a hablar con los doctores. Ángela vio cómo el viejo intentaba mirarla sin que ella se diera cuenta, agazapado contra el rincón, moviendo de vez en vez su mano sobre los ojos del enfermo.  –Es hora.- Escuchó Ángela que dijo su madre. Inclinó la cabeza  un poco para esquivar la espalda de un doctor y ver las manos que la habían sujetado todo el recorrido tomar la cara del paciente y dirigirla suavemente hacia los ojos del viejo. El hombre aprovechó ese instante para mirar fijamente a la pequeña Ángela que temblaba al pie de la puerta. Ella sintió como si le arañaran la garganta, como si su alma se enfriara y empezara a escalar su cuerpo para escurrirse por su nariz hasta el suelo, hasta quedar desparramada como una expiración.
- Déjala, te he dicho.- Susurró de nuevo la madre. – O dejamos esto aquí y nos pudrimos todos.- completó, clavada a la mirada irritada del viejo. Ángela no comprendía cómo los médicos no se inmutaban ante tal espectáculo, ellos monitoreaban un aparato portátil y medían las dosis para las jeringas. – No está funcionando, doctora- balbuceó uno de ellos. No hubo respuesta. Ángela esperó con desespero alguna palabra de boca de su madre, pero espero en vano, ella estaba mirando hacia afuera por el resquicio de la cortina. A su lado, el viejo respiraba junto al cuerpo del enfermo, casi tocándole el pecho con los labios secos. Ella, pegada a la puerta, lo vio cerrar los ojos y sonreir con agrado, lo vio sacudir la cabeza, lo vio erguirse, delgado, pálido, enorme y afilado junto a su madre, lo vio caminar alrededor de la cama, dirigirse a la puerta, lo sintió respirarle encima, escuchó uno a uno los pasos lentos y constantes, escuchó cómo se acercaban, como pasaron a su lado y como se fueron perdiendo detrás suyo. El frío la había inmovilizado, ella había sellado sus ojos para no ver el rostro de ese tipo y poder olvidarlo con el paso de los años.
-Ángela, mi ángel, eres bella, y tenaz. Serás igual a tu madre.- El escalofrío se hizo insoportable y la pequeña no pudo sino abrir los ojos y respirar agitada. Los pasos resonaban a lo lejos y eran tantos que parecía como si se hubieran prolongado sobre el aire helado.
- Llame al ascensor, por favor- dijo la madre a un doctor que salió de inmediato de la habitación luego de cubrir el cuerpo por completo con la manta verde.
- Doctora. Este tipo… nunca había leído sobre algo así- sentenció el otro médico con la voz quebrada.
- Vamos- escuchó Ángela al mismo tiempo que su madre le tomaba con fuerza de la mano y la halaba para atravesar rápido el pabellón de los lamentos.
Luego de unas horas, de varios kilómetros, de nuevo en la ciudad, cuando sintió que ningún viento frío o alarido las podría alcanzar, dijo:
-¿Quieres que paremos por un chocolate caliente?
Ángela se irguió en el asiento trasero
-Mami, me asusta mucho el viejo que hablaba contigo.
- Vas a dejar de pensar en él. No lo vas a volver a ver.
-No lo quiero volver a ver…
- Tranquila mi amor, yo te voy a cuidar.- dijo con la voz firme para que la pequeña no sintiera el temor en su interior. Mantendría esa mentira hasta el fin. Se juraba a sí misma que cuando el viejo encontrara a su hija, ella lo podría mirar sin temor a los ojos y contestarle como había hecho ella esa tarde en la clínica. Así tenía que ser, la muerte decrépita sólo encontraría a su hija por encima de los huesos rotos de sus alas negras, por encima del cansado cadáver de ella, su primer ángel.

martes, 1 de noviembre de 2011 Leave a comment

Réquiem



Foto: Saudade
Por: Juan




Réquiem
Por: Daniel


Unas semanas atrás estaba soñando con que caminaba por un callejón oscuro. Ahí la vio, detrás de un florero. Su cara tenía el tinte de la luna y su pelo el de la noche recogido en cebollita. Ella, con sus ojos grandes, grises, brillantes como la esperanza en medio de la pesadilla lo miró en silencio hasta que llegó la presencia que lo ahorcó por la espalda, haciéndolo despertar. Esa mañana dibujó y repasó  en el techo la cara que había visto entre el humo y los charcos de su sueño. Pensaba que esa imagen,  ese agradable estremecimiento, era una respuesta del más allá a lo que él había estado rogando desde hacía tiempo: amor. Salió a buscarla entre la gente, desde ese día. Confiaba en que la reconocería por sus ojos grisáceos, le diría cualquier cosa y a partir de ahí todo estaría detonado.

Ante la frustración reiterada concedida por la realidad, el pobre soñador se obligó a no olvidar a la niña detrás del florero. La dibujaba a pesar de sus limitadas habilidades en horas laborales y se esforzaba por hacer que apareciera ante sus ojos cada vez que los cerraba. Intentó bautizarla para poder llamarla entre sueños, Martina, Sara, Guadalupe, sólo pensaba, quería, se convencía de que debían ser nombres que le parecieran poéticos y le agradaran. Nombres que hicieran fluir en su imaginación la escena en la que él la llamaba y ella se volvía con naturalidad a responder. Luego de repasar y repasar ese llamado onírico con obsesión sin obtener una imagen satisfactoria, optó por cambiar la escena. Ella le estaría dando la espalda, él se acercaría sin que ella se diera cuenta y le diría “Hola, Sombra”. Ella se giraría regalándole una gran sonrisa, a eso le seguiría una mirada donde los dos se comerían con los ojos hasta que llegara ese primer beso.

Una noche, se vio a sí mismo abriendo la puerta de un viejo edificio de ladrillo. Subió lentamente las escaleras, para no hacer ruido, no despertar a nadie, no hacerse notar, siempre atento y alerta, sintiendo cada pálpito como un latigazo ardiente. Llegó al cuarto piso, entre las cinco puertas que se abrían como un abanico escogió la del medio. Estaba seguro de que la hallaría esa noche y en ese lugar habría un gran indicio. La puerta crujió un poco cuando la empujó, dejó un pañuelo en el seguro para que no sonara al cerrar, dejó sus zapatos a la entrada, y se deslizó sobre el piso de mármol hasta llegar al lugar de las habitaciones. De debajo de una puerta salía un aire frío, estampó su oreja contra la madera fría y la fue abriendo lentamente cuando escuchó el sonido de unos pies que se acomodaban. Ahí estaba ella, recostada contra el marco de la ventana, junto a un florero, sosteniendo un cigarrillo, con el cuello medio descubierto, con el pelo recogido, los hombros destapados y las piernas cruzadas, envueltas en un ceñido pantalón negro. Era realmente hermosa. Él lo sintió, como cosquillas, como vacío, como que nunca quería irse de ahí, y entonces se acercó. “Hola, Sombra…” dijo sonriendo, ella se retiró un poco de la ventana y se arregló una media antes de girarse, impávida y silenciosa. Él intentó dar un paso más para quedar frente a ella, pero sus piernas se hicieron pesadas y no respondieron a su deseo. “Hola”, repitió con una sonrisa nerviosa, ansioso por escucharla y por tener esa conversación en que ambos se declararían un amor de ensueño. Pero ella miró a la ventana, lo miró a él, probó su cigarrillo antes de botarlo al piso, “¿Por qué sueñas en blanco y negro?” dijo soltando el humo y precipitándose por el vacío hacia un callejón inundado por un humo extraño. Ya se había despertado para cuando sonó algo como un cuerpo cayendo sobre un charco.

No entendía cómo era rechazado hasta en su propio sueño. Esa señal divina se había convertido en otra tortura, otro cuestionamiento que amedrentaba su confianza y lo obligaba a pasar más rato teorizando sobre como sobreponerse a los golpes que le daba la vida y ahora los sueños.
Una tarde en que volvía a su casa bajo la lluvia pensó en que debía encontrar un estado de equilibrio en donde tuviera plena conciencia de sus acciones pero tuviera la posibilidad de viajar entre mundos. Desvió su camino unas cuadras y pasó a visitar a un conocido con el que había compartido algunos desmanes de su primera adolescencia, un buen surtido de confianza era lo que necesitaba.

Dejó la ropa mojada tirada en la cocina junto con los zapatos. Cerró la ventana de su habitación para evitar un eventual ataque del viento helado, se puso ropa cómoda y seca, una pinta con la que se sentía atlético y galante y se sentó sobre su silla en forma de concha reposando los pies sobre el edredón azul de su cama. Posó la pequeña laminilla sobre su lengua y esperó a que su sombra apareciera. Sintió que estaba viviendo largas dosis de una eternidad insufrible, decidió pararse y dar vueltas por la habitación mientras ella daba señales de su presencia. Acabó con el agua que había dejado servida sobre el escritorio, repasó el título de algunos de los libros que tenía en la repisa hasta que se plantó a fumar junto a la ventana. Iba por el tercer cigarro cuando se abrió la puerta, era ella que llegaba empapada, abrazada a un paquete. “Hola” dijo ella sonriendo, “¿Por qué te demoraste tanto en llegar?” replicó él luego de una larga bocanada de humo, “pasé a comprarte esto” le dijo extendiéndole el paquete con su mano empapada. Él lanzó la colilla aún encendida por la ventana, abrió el paquete, sacó un pequeño robot con las manos en forma de tenaza y lo puso a andar por el piso. Cuando levantó la mirada se vio a si mismo tendido en la silla, temblando, babeando, blanqueando los ojos. Afuera, sonó como si algo ardiendo hubiera caído en agua, fue entonces que se dio cuenta de que ella ya no estaba. Corrió sobre el piso de mármol atravesando la casa, bajó las escaleras, ya era de noche y no había nadie por la calle. La vio confundirse con los ladrillos entre un poco de niebla, cuando creyó adivinar por donde iba se estrelló contra una pared, volvió sobre sus pasos, desesperado, pero no encontró el paisaje oscuro y gris que había dejado atrás. El humo se hacía cada vez más denso, impidiéndole ver y caminar con acierto. Por miedo a volverse a estrellar, a tropezar, a caer, se sentó junto a un poste de luz, sobre el andén, esperando a que clareara. Un pequeño rayo de luz se abrió camino entre el aire denso e iluminó la silueta de Sombra estampada a pocos metros de sus pies. Con lo poco que le quedaba de aire intentó incorporarse, pero sus piernas lo abandonaron para siempre. Ni siquiera se movieron cuando el perro de un vecino, que había entrado por la puerta de la casa, le mordió con fuerza los pies luego de haberle lanzado encima a un pequeño robot de juguete que tenía las manos como tenazas.

domingo, 23 de octubre de 2011 Leave a comment

El dueño del tiempo



Foto: Bloodstream
Por: Andrea



El dueño del tiempo
Por: Daniel


       Cuando el púrpura y el rosado empezaron a cobijar el cielo, cuando el sonido de algunas aves tímidas se mezcló poco a poco con el leve reventar de las olas, cuando el viento pasó acariciando la arena, borrando las huellas y silbando entre las piedras, el Gran Cangrejo supo que era hora de salir del eje del tiempo.

Cuando apenas la Tierra era un plan del azar, el azar y el poder superior acordaron, en un pacto tácito y silencioso, que el Gran Cangrejo sería el dueño del tiempo en la tierra. Alguien debía ser lo divino, lo imperecedero, la encarnación de los poderes que van más allá de la existencia de cualquier ser y al mismo tiempo ser completamente imperceptible. Reinar a las especies, gobernar a la naturaleza, padecer su castigo, en soledad, en silencio.

Al cangrejo se le concedió la facultad de poder surcar fondos marítimos, acantilados, épocas y epidemias. A cambio, quedó condenado a caminar eternamente de costado, así, la tierra podría girar sobre su eje, alrededor del sol.  El Gran Cangrejo sería el impulso vital, la chispa de la evolución, de la causalidad; él sería el comandante del ejército inmortal de pequeñas criaturas acorazadas que con su marcha impulsarían vientos y crearían mareas para cumplir los designios del azar y la creación. Pero para eso el Gran Cangrejo estaba obligado a ser y permanecer enterrado en el eje del tiempo: una pequeña caverna circular, lejos de la superficie, del centro de la tierra, contenedora del vacío más puro. Vacío donde en el algún momento llegaría el sol exhausto para ahí fundirse y apagarse.

Con la impaciencia que había acumulado a lo largo de miles de años, el cangrejo usó en perfecta sincronía cada una de sus patas para atravesar el sendero desde el eje del tiempo hasta el tiempo. Cuando salió se encontró sobre un pequeño muelle de madera, frente al mar, cobijado por el manto negro de la noche y sus pequeños agujeros de luz. Sabía de la mutación de la tierra, de la desaparición de los dinosaurios, la existencia del hombre y su obra. Pero nunca la había vivido. Una extraña curiosidad había estado creciendo en su interior, sentía cambios repentinos en el flujo de las cosas, en las manifestaciones sensoriales del universo y empezó a cuestionar y detestar su tarea.  Decidió entonces llamar al líder de cada gran familia de cangrejos para que unieran sus esfuerzos y pudieran reemplazarlo mientras él salpicaba su existencia con un poco de mundo. Y así fue. Esa madrugada decidió salir a conocer el aire.
Cuando sus patas sintieron la madera, su coraza fue envuelta por el viento, por la noche y por el sonido del mar, envidió la suerte de los de su especie. Aprovecharía ese momento por fuera del eje del tiempo así eso implicara sacrificar a los mejores cangrejos de cada especie. Pero poco importaba, su oficio le imponía el silencio y la paciencia, podría volver a esperar lo suficiente para que se formaran nuevos líderes en cada gran familia.

Habiendo dado poco más de cien pasos vio sobre la playa algo que llamó su atención. Aceleró el paso queriendo acercarse a lo único que emanaba movimiento además del revolotear del mar. Bañados por una luz amarillosa de un viejo farol negro, la vio a ella, desnuda y mojada, jadeante, caliente, sobre él. La vio cerrar los ojos con fuerza, abrir sin querer la boca y pronunciar algo intangible en el lenguaje de los dioses. Lo vio a él tomarla con fuerza, sujetar sus dos brazos y girarla, hasta que la espalda de ella se dibujara en la arena y los pies fueran bañados por un pequeño ademán del mar que los bendecía.
- Dame otro sabor… - dijo ella luego de un gemido.
-Miel…  – contestó él sin frenarse.
Maravillado, el Gran Cangrejo fue recorriendo con sus pequeños ojos cada una de las partes de los cuerpos en lo que él bautizó el acto de vida por desintegración. Frente a él danzaban el azar y la creación, desafiando las leyes del universo, reconfigurando el tiempo, y por osmosis deteniéndolo. El Gran Cangrejo sintió como si un aire frío pasara fugaz dentro de su exoesqueleto y dejara una mínima fisura. Toda su existencia entraba en duda al ver como entre el sudor y los gemidos se construía un eje del tiempo del tamaño del universo entero.



El mar se bañó una vez más la arena de la playa, los pies de la pareja se sacudieron un poco y el cuerpo de él se acomodó en silencio junto  al de ella para poder contemplar el cielo. El Gran Cangrejo sintió en la pequeña fisura que abrió la ráfaga helada un ardor irresistible. Miró al cielo como pidiendo ayuda y una explicación pero enseguida comprendió que en ese cosmos no habría respuesta para él porque él era quien las contenía. Estaba solo en el tiempo, en la ecdisis que había comenzado sin que él lo hubiera previsto o comprendido.
El caparazón se resquebrajó, de las patas del Gran Cangrejo cayeron pequeños pedazos como hojas, y tras dar unos cuantos pasos tímidos el mítico crustáceo descubrió su cadáver a su lado. Descubrió su cuerpo indefenso, sus extremidades sin fuerza y su flacidez. Una ola golpeó la orilla y escupió sobre él algunas gotas heladas que le ardieron en la piel. Así, conoció el aire. Resignado, se fue alejando de la pareja que descansaba bajo la desnudez de la noche, dio pasos torpes y llegó a la grieta del sendero sacro sin alzar la mirada. Antes de adentrarse en la inmensidad del vacío se detuvo, tuvo miedo de que cuando llegara las cosas hubieran cambiado en la tumba del sol, pensó que ya no sería respetado por ninguna de sus criaturas,  sintió que el sacrificio hecho ya era inútil y que su condena no tendría revés. Sin darse cuenta alzó la vista al cielo, se topó con la luz del pequeño farol que caía sobre la playa, frente a sus ojos desfilaron imágenes del instante que recién había vivido, así como su abdomen se hinchó de sensaciones que había reprimido.Era lo único que había vivido.  Sabiéndolo en aquel momento, quiso ser humano.    

lunes, 17 de octubre de 2011 Leave a comment

¿Sube o baja?


Foto: Empujando el tiempo
por: Paola



¿Sube o baja?
por: Daniel



- ¿Va subiendo o bajando el coche?
- ¿Para qué subiría un coche por unas escaleras así?
- Para llegar a la luna… yo qué sé, para mí lo está subiendo.
- Para mí, va bajando. Además, vámonos por lo fácil.
- Bueno, a ver, va bajando, llega al piso, ¿y luego qué?
- Agh, esas ganas tuyas de complicarlo siempre todo, por eso el puto jefe nos odia.
- Eso no va a cambiar baje o suba. ¿Llega al piso y qué?
- El puto jefe y su puto hijo. El chino llega al piso con el coche, se encuentra con el papá y ¡zaz! Un tsunami. Y todos los hijos de jefe al carajo.
- ¿Sabes? Más bien ve y le dices “jefe, para mañana no va a estar el descriptivo, usted sabe, es una campaña complicada, exigente, no queremos entregarle una chambonada sólo por entregarle algo rápido, denos el fin de semana para pensar…”
- ¡Nah! Mejor ve tú y le dices “jefe, no sea tan puto, sea profesionalsito, deje de pensar que puede sacar campañas tomándole fotos a sus hijitos en vacaciones, deje de restregarnos sus vacaciones, su sueldo y la calidad de su puta cámara nueva que ni siquiera sabe cómo manejar.”

-¡Señores!
-¡Jefe!
-Jefe…
- Salgo ya a reunirme con el cliente. Necesito el dossier a más tardar mañana a las ocho de la mañana.
-¿Con presupuestos, jefe?
- ¿Y entonces…?
- Pues, es que ahí se nos van por lo menos tres horas, y yo tengo que salir temprano, le pedí permiso desde el lunes…
- Cuando acabe esa mierda puede salir a la hora que quiera.
-¿Y Johanna no puede ir haciendo presupuestos?
-Johanna se fue al medio día, yo le di permiso. Mañana. Ocho aeme.

- ¿Viste la carita del puto cuando le preguntaste por los presupuestos?
- …
- Puto. Lo odio.
- Y eso que él te prefiere a ti que a mí.
- Maldito alientoeripio.
- Ya, Gabriel, salgamos de esto.
- Alopecia dentada
-Gabriel…
- Papanatas papá puto.
-Te va a escuchar…
- Oye, ¿y para dónde vas esta tarde o qué?
- … a comer postre…
-¿Vas a salir con la dentista al fin?
- Sí, con la odontóloga.
-¿Y eso, cuándo hablaron?
- Ayer me llamó, que no puede vivir sin mí, que quiere que le dé un hijo, que va a dejar al esposo por estar conmigo
- Pff, ¿Tiene esposo?
-No.
-Pendejo.
-…
- ¿Le vas a preguntar que por qué estudió odontología?
- Hoy no, a lo mejor la próxima.
- Yo sé que tú no te aguantas las ganas.
- Si, me toca. Eso fijo la espanta. Más bien le digo, “oye, qué dientes tan blancos tienes, ¿Es para comerme mejor?”
- Tan pendejo.
-Bueno, acabemos esta porquería a ver si nos vemos con la belleza de una vez.
- Oye, ¿y no tiene amigas?
- No sé. Pero si quieres le digo que te saque una paciente…
- Te tengo un plan buenísimo. Lo mejor para la noche del viernes. ¿Qué te parece si me largo y te toca a ti acabar esta mierda sólo y nunca te ves con la doctora muelitas?
- ¿Y a dónde te irías? ¿A limpiarte las babas?
- No. Yo qué sé. A jalarle los pies al jefe y a pegarle un chicle en el pelo al hijo. A ver si dejan las pendejadas.
-Entonces…

CAMPAÑA PARA AFICHES Y VALLAS
En medio de dos paredes color zapote hay unas largas escaleras. Por las escaleras va un niño que tiene en sus manos un coche de bebé.
Texto arriba: ¿El niño sube o baja?
Texto abajo: Tú ves lo que quieras.

CAMPAÑA PARA TELEVISIÓN
En un suntuoso dormitorio descansa una pareja. Se ve que son adinerados y que conservan estrictos valores morales  (puede haber un crucifijo sobre la cabecera o una repisa adornada con estatuillas religiosas). De repente se levantan los dos, con la vista al frente, gritando. Ella tiene mascarilla, rulos y pijama manga larga; él está perfectamente peinado de lado, tiene pijama de seda con pequeños botones brillantes.

AMBOS
¡No!
ELLA
¿Qué pasó?
ÉL
¡Tuve una pesadilla!
ELLA
¡Yo también!
ÉL
Soñé que Marito bajaba unas escaleras con el coche de Adrianita y cuando yo llegaba a abrazarlo sacaba de ahí dos pistolas y me fritaba a tiros…
ELLA
Yo soñé que Marito bajaba unas escaleras con el coche de Adrianita y ella tenía su ropita de bebé pero me miraba y me decía que quería ser dentista y que tenía un novio izquierdoso…
AMBOS
¡No puede ser!


Los dos padres se levantan, calzan sus pantuflas y caminan codo a codo hasta la puerta. Igual, codo a codo, pasan por el pasillo oscuro, repleto de cuadros barrocos o adornos con arabescos. Abren un poco la puerta del cuarto de Adriana, de tres años, es un cuarto lleno de peluches y repisas con cajitas, con un tocador lleno de cajones y un gran espejo. Al pie de la puerta,  un muñeco como Chucky gira la cabeza hacia ellos, la cámara se aleja un poco y se ve a Chucky, resignado y sin piernas, sosteniendo un cuchillo en una mano y un cigarrillo de mentiras en la otra. En un contra plano, se ve a Adriana que duerme plácidamente, amarradas a la pata de la cama están las piernas de Chucky, a su lado, un vaquero y un astronauta, ambos  de juguete, juegan cartas. Los dos padres sonríen y cierran la puerta. Caminan nuevamente codo a codo hasta otra puerta, la abren igual que la anterior. En un cuarto lleno de afiches y una cama en forma de automóvil duerme Marito, de siete años. La cámara se acerca a la cabeza del niño, se sumerge en su mente y se ve a Marito en unas escaleras, entre dos paredes color zapote, subiendo el coche de Adrianita. Cuando llega a la cima, ve a lo lejos, en la costa, un tsunami. Por la sorpresa el coche se le resbala y se va escaleras abajo, él coge un triciclo y empieza a pedalear entre la gente, finalmente alcanza al coche en un puente levadizo, lo agarra con una mano mientras sujeta con la otra el manubrio del triciclo. Vuelan por los aires, en la mitad de las dos partes del puente, se ven a contraluz, atravesando el sol del atardecer que brilla detrás de ellos. Sale el texto, “tú ves lo que quieras”, fundido a negro, sobre el fondo negro aparece “El cine no mata”, luego, “las telenovelas depronto sí”. Se desvanecen las letras blancas, y aparece el logo del canal.
Fin.

martes, 11 de octubre de 2011 Leave a comment

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