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Trueque en la estepa



Trueque en la estepa
Por: Juan


Hubo cierto revuelo en la clínica cuando uno de los internos vio lo que se escondía debajo de las sábanas que tapaban el cuerpo del profesor Aguirre; el interno se apresuró a regar el chisme con todos los conocidos que encontró cerca. El informe médico apenas decía que se trataba de un espasmo rectal, cuyo tratamiento obligaba unos analgésicos, antiinflamatorios y relajantes musculares. Para los médicos del Hospital Militar se trataba de un caso relativamente común que se hallaba entre heridos agonizantes, y otros soldados que por las extremas condiciones de la guerra terminan explorando todas las vías posibles de placer. Si bien no era el caso más extraño que se había visto, sí era el más peligroso a tratar, más por las implicaciones de la historia que por la salud de los pacientes. La historia se regó rápida y anónimamente, y los ojos de todos los que la conocieron (o conocen) tomaron un destello de complicidad que jamás se había visto. La historia salió del hospital y se regó por toda la ciudad, pero solo hasta meses después, como un rumor nada más, que alcanzó luego a todos los comprometidos en él.
El profesor Aguirre es un policía retirado que en un intento por reencontrarse con su juventud usó todas las influencias posibles para obtener una cátedra en una universidad privada, de las más prestigiosas del país, dictando clases de criminalística y lógica investigativa, e historia de la guerra. Casi siempre fue un policía de escritorio, lo cual lo obligó a estar siempre en contacto con poderes superiores y con aduladores sutiles, canalizando toda la autoridad que deseaba, y haciéndose con un renombre que muchos de sus semejantes envidiaban por la facilidad con la que accedía a privilegios y dominios con apenas el uso de la palabra o algún documento mal entregado. Manejaba la burocracia a la perfección, y en parte fue también por eso que llegó tan lejos y se implantó en el cuerpo de policía tan profundamente. Jamás se le reconocieron habilidades especiales de ningún tipo, salvo una vocación casi total por la holgazanería, que sustentaba tras el estudio de famosos estrategas militares, y asesinatos y masacres históricas. El día en que cumplió la mayoría de edad se enlistó en la policía, y a los dos años tuvo que retirarse, invalidado por una bala en una pierna que lo dejó cojo de por vida. Por eso se dedicó al trabajo de escritorio y a la que él llamaba planeación de tácticas de seguridad metropolitanas, que no eran más que transcripciones mal hechas de movimientos militares anacrónicos y mal adaptados. No obstante, azarosamente tuvieron éxito las pocas veces que fueron implementadas por las fuerzas públicas.
Empezó sus cursos en la universidad con tranquilidad y una arrogancia que casi todos sus alumnos acogieron con fastidio y burlas ingeniosas. Corría la voz de ser un divorciado a quien la mujer lo había dejado por un militar más joven que sí la complacía. Él nunca se enteró del rumor hasta el día en que llegó al Hospital. Era viudo y no tenía hijos.
En el segundo año de clase, cuando ya se había hecho con una fama de verdugo implacable, los estudiantes empezaron a tenerle más respeto fundado antes en el temor que en la admiración. Las mujeres tenían un trato preferencial y los hombres debían mantener silencio porque todo se reducía a gestos, modulaciones de la voz o simples tareas extra que parecían inofensivas. Lo que los estudiantes no sabían (y las estudiantes que Aguirre juzgaba como feas) era que se trataba de lo contrario. Aguirre nunca se propasó pero sí sentaba las bases ambiguas de una relación en la que fueran ellas las responsables, después de todo debía cuidar su imagen frente al resto del profesorado.
Verónica Ríos está en cuarto semestre de Derecho y estudia por obligación. Se le ve poco por la universidad y los demás estudiantes no tienen muy claro cómo es que ha llegado adonde está, que si bien no es particularmente llamativo, está más allá de lo que cualquiera podría creer. Se mantiene con una sonrisa sutil marcada por un rojo opaco, difícil de ignorar, en los labios. Una de sus cejas está siempre ligeramente levantada como si un tic le atrofiase el músculo de la frente. No habla con nadie y siempre usa un escote ineludible.
Su actitud socarrona acabó desde el primer día que tuvo que verle la cara a Aguirre, pero ella solo se dio cuenta mucho después, cuando el rumor del hospital se regó. Llegó tarde y se sentó en la segunda fila, con dos puestos vacíos a cada lado, y empezó a mirar fijamente al cincuentón de dientes amarillos que introducía a Sun Tzu como un tema electivo en el programa de la clase. Aguirre apenas la notó cuando se levantó del asiento al terminar la clase, y se quedó inmóvil. Después de unas semanas, usó la primera entrega escrita para atraer a Verónica; le pidió, tras corregir los trabajos, que se quedara unos minutos sobre el fin de la sesión para discutir un tema que le había llamado la atención. Conocedor de lo obvia que era la estrategia, inmediatamente cambió y le devolvió el trabajo y la despachó. Empezó a observar cada movimiento de la estudiante y se la empezó a cruzar premeditadamente. Verónica notó también esos cruces que forzaban tanto la casualidad y empezó a seguirle el juego. Un día, mientras el profesor tomaba café, le dejó una nota con letra impresa en el bolsillo interior del abrigo mientras pasaba al baño. La nota, encontró Aguirre cuando se levantó de la silla, decía que quería un encuentro privado, y que en la oficina estaría bien. La nota le aceleró el pulso e intentando contener la reacción se derramó en el pantalón algunas gotas oscuras que todavía le quedaban. Horas después se cruzaron (se encontraron) en el pasillo de los ascensores, que estaba desierto. Aguirre le entregó otra nota, manuscrita, que le decía que llegara al día siguiente a su oficina después de las seis de la tarde, que la estaría esperando. También se podía leer la petición de romperla y tirar sus pedazos a la caneca.
Estuvieron hablando hasta el anochecer, y esperaron a que el edificio se desocupara. Verónica se sentó en las piernas de Aguirre y se acercó con violencia hasta quedar apenas a unos centímetros. Le podía oler el aliento a tabaco y mandarina sin gesticular; ya estaba acostumbrada. Aguirre le levantó la falta de un manotazo y fue subiéndole la palma por los muslos con la calma que ya tenía por hábito, como si acariciara a una mascota, con displicencia y un interés depravado. Las manos forcejearon cada vez más rápido y con más violencia; la camisa de Verónica estaba sin botones y el labio de Aguirre se hinchaba morado. El pasillo se iluminó y se escucharon unos ruidos irreconocibles. De un salto, Aguirre abrió un armario que tenía contra la pared y le susurró a Verónica que se metiera y que esperara su señal. Era Esperancita, la señora del servicio, que estaba trapeando el piso. Pasó unos minutos, saludó a Aguirre, que le conversó con naturalidad, y se fue. Al salir del armario, Verónica recibió un papel con la dirección de la casa de Aguirre, quien al oído le dijo que llegara a medianoche.
No pasaron de la sala. Estuvieron la primera hora en el sofá, Verónica mostrándole la experiencia que ya había reunido con otros como él; Aguirre diciéndole cochinadas con una voz sórdida, que no parecía suya. Al detenerse, el profesor le dijo que se sintiera en su casa, que comiera o tomara lo que quisiera, que lo dejara descansar un momento. Se pasaron al cuarto principal, que todavía tenía portarretratos con fotos de su ex esposa. Mientras se besaban con una ternura fingida, Aguirre le pidió a Verónica que lo provocara, que le gritara insultos, que no tuviera ninguna consideración, porque lo excitaba más. Al principio no hizo caso, pero la estudiante poco a poco y subiendo el volumen de los gemidos empezó a pedirle que la clavara por el culo, a gritarle que si era tan macho y tan policía la cogiera contra la pared, que la ahogara con la verga.
Aguirre la arrastró al borde de la cama y la penetró impulsivamente por el ano a pesar de que ella le había dicho que nunca lo había hecho. Él le gritó que siguiera hablándole, a lo que la estudiante, desesperada por la rudeza, aullando de dolor, enterrándole las uñas en el pecho y mirándolo a los ojos con ira, vociferaba que su mujer lo había abandonado por un subordinado, que era un marica poca cosa. El profesor pasó de la excitación a la ira sin notarlo, y le dio una cachetada animal que la dejó conmocionada, petrificando todos los músculos, enjaulándolos a ambos en una posición caricaturesca que lo único que les concedió fue llamar una ambulancia y ocultarse con las sábanas.






Foto: Test de Rorschach
Por: Daniel







viernes, 24 de febrero de 2012 Leave a comment

Gol


Foto: Subcampeón
Por: Daniel

Gol
Por: Juan


Lucas, el delantero estrella, se sentó apretando en su mano derecha la medalla de imitación de plata, con la cabeza entre las piernas, al borde de la cancha mientras todo el otro equipo celebraba y el suyo se iba hacia los casilleros a cambiarse. Tenía claro que por ser justo ese partido no iba a poder volver a jugar y que el fracaso no lo iba a abandonar pronto. Los ojos estaban rojos, llorosos, e intentaba esconderlos de quien los pudiera ver. Después de todo, tuvo la oportunidad de cerrar el partido y ganar, y no la aprovechó.
            Todo el tiempo antes del partido el equipo se regocijaba ante la inminencia de aplastar al rival gracias al registro impecable que llevaban en la copa hasta ese día; dos empates en las primeras fechas, seis meses atrás, mientras todavía la estrategia tomaba forma, y de ahí en adelante una ventaja mínima de dos goles por partido. El Colegio San Mateo llevaba una de las mejores marcas de los nacionales interescolares, si no la mejor, y los otros finalistas, los del Liceo Córdoba, habían clasificado en cada ronda por penales, y desde el principio se había visto como uno de los equipos más mediocres del año. Aún así, hoy la victoria mediocre seguía siendo una victoria y los del San Mateo no tenían nada.
            El director técnico, Ariel, un soltero que tocaba los cuarenta y todavía vivía con su madre, aunque él decía que para cuidarla en su vejez, no lo previó porque también creía que todo era una señal divina y que el recorrido hasta la final había sido un mensaje de Dios. Creyó que por fin su carrera iba a despegar e iba a dejar de lidiar con padres de familia y directivos, y que sus esquemas tácticos habían sido finalmente bendecidos por sus rezos. Era la única explicación lógica a los resultados de su equipo, a pesar de estar preparándolos hace tres años.
            El silencio aplastaba los ánimos de todos los jugadores y asistentes en el casillero del San Mateo; como creyeron que solo seguía la profesionalización del oficio, la derrota era más amarga. Ni siquiera el más extrovertido y provocador de los jugadores, un joven llamado Gustavo, que hacía de recuperador, era capaz de levantarse de su silla. Como si una enfermedad relámpago los hubiera azotado en el momento de recibir las medallas, casi todos tenían la suya en el cuello pero se encontraban arrojados como costales por el piso del vestuario, sin moverse. Carlos Ariel estaba recostado en el pasillo de las duchas, mirando hacia un ligero haz de luz que entraba por una rendija, entendiendo pacientemente qué había hecho mal. Por primera vez en años pensó en que la idea de hacerse entrenador de fútbol juvenil, o de fútbol, en general, había sido un error y que ahora era muy tarde y el fracaso ya le había agarrado del cuello y lo había puesto contra la pared.
El día de la final no recordó que dos años atrás, durante su paso por el Instituto Tecnológico, había sido despedido y humillado por una queja colectiva de los padres que supieron de la pelea infantil que lo involucró a él y al padrastro de Barrios, el arquero suplente. Alberto Rojas, un famoso negociante y el tercer esposo de la viuda Espinoza, asistía a todos los partidos de su hijo adoptivo en un afán de ganarse su afecto. Adolecía de cierta evidencia pero a Camilo no le molestaba; Camilo era arquero por el amor al fútbol que su padre le había enseñado desde la cuna, pero nunca fue bueno y por eso siempre fue suplente. Alberto, a pesar de saberlo, insistía a gritos desde la gradería que su hijo, el hijo de su esposa, debía jugar de titular. Camilo nunca fue capaz de mantener los ojos abiertos cuando veía venir un balón. De todas formas jugó un par de partidos cuando el titular, Gómez, se lesionó la muñeca en un tiro de esquina durante un entrenamiento.
En un amistoso, el equipo del Instituto Tecnológico salió con toda la suplencia salvo Barrios, provocando que el padrastro quedara de un salto al pie del entrenador, para cuestionarlo y empujarlo poco antes del pitido inicial. El entrenador intentó no ponerle atención pidiéndole que volviera a sentarse, pero esa reacción lo único que hizo fue dejarlo sentado en la grava, humillado y sin saber qué hacer. El árbitro empezó el partido y padre y entrenador pasaron los primeros diez minutos revolcándose a los golpes junto a la cancha. El despido fue inmediato, bajo argumentos de comportamiento inadmisible con los padres de familia, violencia deportiva y falta de profesionalismo. Además, las madres del colegio empezaron a atemorizarse con un rumor que ellas mismas liberaron sobre el pasado del entrenador. Las directivas venían planeando su despido hacía meses y el rumor y el altercado fueron apenas el quiebre necesario.
            El colegio no podía permitirse una deshonra de ese calibre y mucho menos si se estaba teniendo la visibilidad mediática que por primera vez el Intercolegiado Nacional estaba logrando ese año. Quedarían con fama de pendencieros y anti caballerosos, todo lo contrario al sistema axiológico que se pregonaba desde su fundación más de medio siglo atrás. La salida del entrenador de fútbol trajo consigo una transformación sistemática y dictatorial sobre el colegio de la que nadie más que sus empleados fue testigo. La serie de decisiones que sucedieron después obligaron a que ningún niño lograra cumplir su sueño de jugar fútbol por oficio.
Algunos meses después, en medio de la desesperación, Ariel consiguió providencialmente el puesto de entrenador del equipo de mayores del San Mateo, que contaba con la presencia de un delantero en quien se posaban todos los ojos por su velocidad y disparo incontenibles.
A Lucas Valbuena, pocos meses antes de graduarse, lo pretendían varios clubes de fútbol a nivel nacional; se decía que ya había firmado una especie de contrato previo con el Bogotá Club de Fútbol, cuya confirmación dependía exclusivamente de su desempeño en los últimos tres partidos de la copa. Nadie supo que esa negociación era acechada por los agentes del eterno rival del Bogotá CF, el Atlético Rosario, y que ellos mismos se encargaron de lograr la expulsión de Valbuena en cuartos de final y de pactar con los árbitros una suma secreta para anularle cualquier intento de gol en la final. Que se hubiera resbalado mientras intentaba la última gambeta del partido, que parecía gol seguro, fue solamente una mala pasada del azar.

martes, 21 de febrero de 2012 Leave a comment

La ventanilla indiscreta


Foto: Skins
por: Daniel

La ventanilla indiscreta
por: Juan


El primer agujero apenas merecía ser llamado agujero (parecía una rugosidad muy profunda), más por su mala ubicación y por la azarosa satisfacción que le traía a Antonio, que por el diámetro o la profundidad. Ese agujero no significó nada en sí mismo, tampoco, pero le dio ideas para atravesar la pared y empezar a espiar a los residentes.
Antonio era pintor pero también hacía trabajos pequeños de carpintería y electricidad; instalaba repisas y creaba muebles interiores gratis cuando eran necesarios para la vista interior de la casas, según el color que dejaba en las paredes. Era bueno y no cobraba mucho y por eso siempre estaba ocupado y vivía bien. No tan bien como quería pero tampoco sufría por dinero. Su hermano era maderero y por eso podía regalar los trabajos que preparaba en madera; a cambio, le pintaba todos los trabajos que él necesitara.
Era respetuoso con todos sus clientes (eso le dio el prestigio), y acostumbraba trabajar con una cara carente de gestos, con la que apenas dictaba lo que necesitaba para trabajar. Era prudente y por eso siempre dejaba una marca que nadie notaba en cada uno de sus trabajos, como una firma que nadie entendía y que solo era vista meses después, cuando parecía más una mancha de uso o un efecto de la luz en las paredes.
La vecindad en la que trabajaba hacía meses pintando y retocando estaba totalmente habitada. Era una casona colonial de dos pisos cuyo dueño era un viejo moribundo que solo salía de su cuarto para cobrar el arriendo de puerta en puerta una vez al mes, porque tenía a una enfermera rechoncha que se encargaba de todo lo demás. El viejo tenía una muy buena relación con Antonio porque sabía que el pintor no traspasaba los límites de los contratos verbales que sostenía. O en otras palabras, llegaba, pintaba, cobraba y se iba. La enfermera pasaba el día viendo telenovelas y cocinándole al viejo, y de vez en cuando le conversaba o lo ponía a jugar cartas, más para evitar su aburrimiento que el del anciano. Los domingos no trabajaba.
En el primer piso vivía el cocinero de un hotel de mala muerte, una bailarina profesional con su hijo y un joven a quien nadie le conocía su oficio; el rumor que corría lo ponía como ladrón o como estafador nocturno. En el segundo vivía una pareja joven que pregonaba el amor libre y cuyas orgías escandalizaban y erotizaban a todos, un futbolista retirado que trabajaba con divisiones infantiles, y el dueño de la casa. Las relaciones entre todos eran buenas o simulaban ser buenas porque más allá de las usuales protestas por ruido (protagonizadas por lo general por la pareja y su descontrolada vida sexual) todo se mantenía en silencio.
Por esos días el dueño de la vecindad le había pedido a Antonio que pusiera un sistema de reflectores en las paredes externas de la casa; los residentes se quejaban de algunos ladrones que habían estado rondando la zona (todos los ojos se posaban en Manuel, el joven del primer piso, como el cerebro de los robos, pero nadie decía nada, más por miedo a las represalias que por falta de pruebas). Instaló las luces del primer piso en poco menos de dos días, apenas a unos centímetros de los marcos de cada ventana, con los reflectores orientados a los jardines de la casona. Los del segundo piso le tomaron el resto de la semana porque trabajar desde una escalera le obligaba más cuidado. Eso y que dio con el motivo de esta historia.

Cuando puso la escalera contra la pared y la aseguró sobre las canaletas del desagüe del tejado, volvió a bajar por el taladro. La primera instalación le llevó unos minutos. Luego bajó una vez más, acostumbrándose rápidamente a cada paso para mecanizar el proceso. Movió la escalera a la siguiente ventana, la aseguró y volvió a subir. La segunda ventana quedaba junto a un árbol cuyas ramas se extendían casi hasta la casa. No se fijó en que la base de la escalera no había quedado bien asegurada; cuando hizo la marca y se dispuso a enterrar el taladro, la escalera se tambaleó con el viento y el hueco se abrió a un lado que Antonio no había advertido.
El taladro rompió en un fragmento de pared falsa que nadie había encontrado y que había sido puesta ahí por motivos de seguridad en caso de incendios. En ese lugar de la pared, que en el interior solo tenía cuadros colgados, no contaba más de siete centímetros de grosor. Antonio se impacientó y volvió a calcular para el agujero de las luces. De pronto notó un ligero destello que venía del canal que acababa de hacer. Bajó unos escalones y vio algunas sombras y cuando acercó la oreja escuchó una especie de eco de voces superpuestas a la estática de un televisor. Se quedó un momento intentando escuchar lo que se colaba por el hueco. Pegó la cabeza al muro hasta que notó una voz masculina muy cercana al hueco, sobresaltándose. Intentó agarrarse de las ramas del árbol pero inevitablemente cayó sentado en el pasto, como un bebé que apenas aprende a usar sus piernas.
Para recuperarse de la caída entró a la casa a pedir una silla mientras se tranquilizaba (esa fue la excusa, pero ese tiempo también lo aprovechó para ojear en qué habitación había quedado el hueco). Cuando notó que se trataba de la habitación del futbolista retirado, salió a la carrera como si hubiera visto un fantasma. Montó el resto de luces en breve, guardó sus equipos y se fue. Pasó esa noche revolcándose en su cama con una sonrisa que mezclaba una complicidad inocente con una ansiedad voraz.
Al día siguiente hizo creer a todos que revisaba cada una de las instalaciones, por seguridad, aunque lo que hizo fue abrir nuevos agujeros en lo que creyó (y acertó) eran las paredes falsas de cada habitación de la casona. Los ensanchó a tal punto que podía ver y escuchar sin limitaciones todo lo que pasaba en el interior, sin que nadie notara la abertura. Las luces funcionaron de maravilla y la primera noche vieron siluetas correr por los jardines; eso bastó para que los ladrones no se acercaran por un tiempo.
Antonio extendió los trabajos de pintura y carpintería todo el tiempo que pudo sin levantar sospechas y luego empezó a ir por las noches para espiar a los inquilinos. Empezó a hacer anotaciones en un cuaderno diminuto que cargaba en el bolsillo y en el que apenas se entendía su escritura. A medida que pasaron los días en los que se escabullía para ver por las mirillas, los trazos en el cuaderno se fueron haciendo ilegibles. Se aprovechó de la sordidez nocturna más privada de los hábitos de los inquilinos, y empezó a escribir notas que anotaba pestañeando nerviosamente a la luz de los reflectores del jardín. Les escribía notas, cartas brevísimas, destinadas a un chantaje sutil o a una simpatía directa con cada perversión. Las guardaba en los agujeros (así las mantenía organizadas) para corregirlas o releerlas, como si hablara cada noche con espectros. Nunca las entregó. 

domingo, 12 de febrero de 2012 Leave a comment

La Liga de los Magos


Foto: Sinestesia
Por: Daniel

La Liga de los Magos
Por: Juan

La Liga de los Magos realmente no estaba conformada por magos. Era una división secreta del Gobierno que estaba destinada a encontrar irregularidades en el devenir de la nación, haciendo uso de una adivinación metódica, con límites específicos, y cuyos resultados eran más exactos que los de cualquier ciencia empírica. Era llamada la Liga de los Magos porque en su fundación todos los integrantes practicaban alguna disciplina que contravenía al dogma sobre el que se había creado la nación. Era una escuadra de diez astrólogos que conocían todos los lenguajes secretos proyectados por el cielo, y en cuya interpretación, siempre acertada, residía el verdadero destino de la población. La Liga nació simultáneamente con la autonomía del Estado porque uno de sus fundadores practicaba en secreto la quiromancia, experticia que le permitió ganar todas las batallas en las que se presentó, de manera caprichosa y errática, durante la guerra de independencia. Cada uno de los integrantes, convocados en silencio, como una guerrilla, accedió con mesura, como si se tratara más de una condena que de un honor. Pertenecer a la Liga era vitalicio y las reuniones anuales eran más vistas como un retiro, un aislamiento del mundo que los llevaba a la esclavitud temporal de hallar lo que venía con el flujo del tiempo.

Las reuniones de la Liga se organizaban a mediados de enero, alrededor de los días feriados que celebraban la independencia. Los astrólogos eran transportados por caravanas similares a las presidenciales, y eran dirigidos a un retiro en una montaña central, cerca de la capital. Todos venían de lugares diferentes; la mayoría trabajaba modestamente en pueblos pequeños, haciendo labores irrelevantes que apenas les daban para comer. Debían pasar desapercibidos para que su desaparición, que duraba casi cuatro semanas, no causara ningún malestar. Esa decisión la tomó la cúpula militar que dirigió al país durante la década del cuarenta, cuando era común encontrar a los astrólogos de la Liga ocupando puestos de altos funcionarios en el gobierno, o como líderes sindicales o dueños de grandes empresas. Durante la dictadura, uno de los astrólogos era también un famoso escritor que tuvo que fingir su muerte y desaparecer de la vida pública para evitar cualquier posible rumor acerca de la existencia de la Liga. Era una organización que tenía que mantenerse invisible.

El trabajo de las reuniones obligaba sesiones exhaustivas, en las que apenas tenían tiempo para comer, pues debían sentarse a leer en conjunto carpetas innumerables repletas de folios con los dibujos de las cartas de todos los eventos, nacionales e internacionales, que concernían a la orientación de la nación. El primer día de los encuentros se dirigía a la organización del trabajo; los astrólogos no cruzaban palabra más que para discutir sobre el contenido de las cartas, quizá sobre alguna duda en el significado de una triangulación o sobre el efecto específico que podría tener el cruce de varias cartas. Veían los diálogos posibles entre la vida de los dirigentes de turno y los tratos comerciales; analizaban la vida pública de los músicos y la farándula y daban forma, desde la base, al modo en que cada uno de sus actos impactaría la vida pública. La Liga estaba diseñada para preparar a las más altas cúpulas del poder a las circunstancias del futuro.

Partían del lenguaje secreto del cielo para administrar cada decisión que era necesario tomar; así se había decidido desde los primeros días de la Nación, y nunca se cuestionaba un método que había llevado al país a ser una potencia insuperable durante más de cuatro siglos. Cuando los astros lo indicaban, los organismos de defensa se preparaban para la guerra y se imponían medidas de austeridad; los astrólogos de la liga tenían el poder de dominar el país a su antojo con el simple hecho de torcer ligeramente el sentido de un mensaje sagrado. Convirtiéndose en oráculos del error, los astrólogos podían hacerse amos de lo que les interesara, pero nunca pasó. Seguramente el miedo de tentar lo inevitable los sobrecogía.

Solo una vez se salió de control el secreto de la Liga y solo esa vez fue necesario actuar públicamente. Uno de los astrólogos, aún muy joven, encargado de relevar a uno de los integrantes que había muerto de un infarto recientemente, se creyó con el poder suficiente para chantajear al presidente, haciéndole creer que era capaz de detener un golpe de estado que pondría al país bajo el mando de una cúpula militar. El presidente, asustado y crédulo, le dio la visibilidad y el poder que fueron necesarios; el astrólogo era hijo de un industrial muy famoso a quien lo único que le interesaba era hacerse con algo de poder visible. Al primer astrólogo le siguieron ocho de los nueve restantes, y cada uno hizo peticiones más arriesgadas y absurdas que sus antecesores. El décimo se mantuvo en su lugar y se encargó, luego de los eventos que serán narrados a continuación, de convocar una nueva Liga de los Magos.

El escándalo explotó y la Liga se convirtió en una referencia inapelable durante los dos años que tuvo la atención de la gente; más que una guía para el futuro del gobierno y el beneficio colectivo (esa era su aparente función desde el principio), se convirtió en un lugar de adivinación barata, un jugueteo morboso de mares de gente que pagaba lo que le pidieran por leer un mensaje cifrado que no entendería jamás. Durante esos dos años, el décimo astrólogo se mantuvo al margen, viviendo en su pueblo natal vendiendo baratijas, esponjas y canastos de mimbre en una carretilla que cada día le pesaba más porque las fuerzas disminuían con la insolencia de la Liga.

En el momento en que los militares se tomaron el poder, pasados los actos protocolarios, se pusieron a trabajar en recuperar el orden perdido por la desmedida arrogancia de la Liga. Deliberaron días enteros en el palacio presidencial, y tras una semana de ausencia y de aparente anarquía en las calles, empezaron a obrar. Se aprovecharon de la potente conexión que el Estado había conservado desde sus inicios con la iglesia ortodoxa, y le dieron una imagen idólatra e infiel a cada uno de los seguidores de la Liga, para empezar a alejarlos de ella. La iglesia se encargó de excomulgar a todos los que fueran vistos cerca de las instalaciones de la Liga, y una persecución maniática terminó por convertirse en una quema de libros gigantesca, la brujería quedaba prohibida bajo pena de ostracismo (así la llamaron públicamente desde entonces).

La operación tardó dos semanas a una velocidad impensable, encargándose de acabar pronto con el caos en el que se habían sumido las ciudades principales. Los astrólogos fueron raptados de sus lugares de adivinación (una mansión a la salida de la capital que tenía toda la comodidad posible para cada uno de los magos), y sin permitirles palabra alguna, con bandas en la boca, cada uno fue llevado a las plazas más concurridas del país, y fueron amarrados en el centro. La ejecución tenía clara la intención de ejemplificar el destino inevitable de quienes se sublevaran con poderes impuros, y cada uno de los magos fue quemado vivo a los ojos de quienes quisieran acercarse. Después de eso, la vida volvió a la normalidad y la cúpula militar se puso en la tarea de encontrar al décimo astrólogo, que apenas podía pararse de su cama, para encargarle la formación de una nueva liga.


lunes, 5 de diciembre de 2011 Leave a comment

Por la tarde




Foto: Un, dos, tres, por mí
Por: Daniel



Por la tarde
Por: Juan

—Discúlpeme, ¿podría decirme qué hora es?

El vendedor, de mirada resignada, tuvo que esconder el brazo dentro de la enorme bolsa blanca que lo refugiaba para poder sacar la muñeca a la intemperie y ver la hora en un reloj viejo de pulso encuerado.

—Tres y media —dijo, como para sí, y siguió con la mirada un hilo de agua que caía a un lado del paradero con un ritmo irregular.
—Qué manera de llover. A este ritmo nos va a tocar andar en canoa. —comentó la mujer embarazada, intentando sacarle una sonrisa al viejo.
—Se me van a ahogar los pescaditos —y sonrió, divertido, sin mirarla.

La mujer embarazada rio con inocencia y empezó a jugar con un hilo suelto de su camiseta.

—Me imagino que cuando llueve las ventas bajan bastante —comentó después la mujer, acariciándose el vientre, mirando de reojo al viejo buscando algún gesto de consuelo para enfrentar la lluvia.
—Sí, no se vende casi nada, pero sobre todo porque yo me tengo que quedar buscando algún techo y es raro encontrar a alguien que quiera comprar algo con estos fríos —se detuvo un momento, se arregló la enorme bolsa que lo tapaba a él y a su carrito, y siguió—; si me va bien vendo cigarrillos, porque la gente fuma mucho para soportar el agua, y se quedan haciéndome conversación mientras escampa. Pero eso no es tan común.

El vendedor parecía hecho de piedra y la piel era oscurecida por la lluvia, aunque no estuviera mojado. Tampoco hablaba, así que la mujer embarazada, jovial a pesar de estar cerca del parto, o tal vez por eso, intentaba conversarle, preguntándole hasta lo más mínimo. La lluvia no calmaba su ritmo, por lo que tuvieron que acercarse para evitar el agua.

—¿Cómo se llama? —preguntó finalmente el vendedor después de un silencio largo.
—¿Quién? —la mujer embarazada también estaba distraída.
—El bebé, o la bebé —y le señaló el estómago con los labios, sin moverse de su sitio.
–Ah, es que estaba pensando en otra cosa. Alberto, se va a llamar Alberto, como el papá —miró al suelo y sonrió.
—Mire usted, yo también me llamo Alberto.

El vendedor no se movía, pero hablaba con una voz aguda y pausada. La mujer embarazada estaba asombrada por la casualidad a pesar de saber lo común del nombre de su hijo.

—Ya me parece raro encontrar bebés que se llamen como los papás —habló de pronto, levantando la voz por encima del ruido de las gotas que golpeaban el techo del paradero con fuerza—. ¿Y están casados?
—No, él desapareció poco después de habernos comprometido, hace unos meses —la mujer embarazada cerró los ojos y se agarró con fuerza el estómago.
—¿Está bien? —preguntó, despreocupado, el vendedor.
—Sí, no es nada, a veces me dan dolores, pero es normal —balbuceó.

Mientras la mujer embarazada se tuvo que sentar en la banca mojada del paradero, el vendedor apenas movió la cabeza para ver si estaba bien. No tardó en volver a sonreír y a charlar, como si nada hubiera pasado; apenas se levantó a ver qué tan mojado tenía el pantalón.

—Había salido a trabajar ese día, Alberto. Vendía carros en un concesionario. O vende —se quedó callada un instante, dudando—, no sé. La verdad es que desde que desapareció no sé si hablar de él como si se hubiera muerto. Trato de no pensar mucho en eso porque me deprimo y la tristeza le hace mucho mal al bebé. Por eso siempre estoy contenta —volvió a sonreír—, por eso decidí hacer lo posible porque a Albertico no le haga falta nada, nunca.
—¿Y la familia del papá? —el vendedor había empezado a interesarse un poco en la historia a pesar de que no le había preguntado nada más allá sobre el papá del bebé.
—Alberto era adoptado y nunca tuvo una buena relación con su familia, y se fue a vivir solo muy temprano. Yo creo que por eso le fue bien en la vida, aprendió a cuidarse solo desde joven.

La lluvia se hizo más violenta y el cielo se tornó negro; empezaba a caer el sol pero ninguno de los dos podía moverse todavía, y parecía más bien la media noche. Hasta los postes de luz se prendieron. El vendedor desdobló un pedazo escondido de la misma bolsa, y se lo extendió a la mujer embarazada que se arropó suavemente con él, agradeciéndole con un toque en el hombro. El vendedor apenas parpadeó.

—¿Cómo se conocieron? —retomó el vendedor.
—Sonará un poquito ridículo, pero fue en la panadería del barrio, cuando apenas teníamos catorce o quince años. Nos cruzábamos mucho y un día yo empecé a pasar más tiempo allá, esperando que él pasara por el pan de la noche. Casi siempre compraba roscones y almojábanas, y un kumis —soltó una carcajada ahogada—. Una vez nos quedamos mirando como dos minutos sin pestañear; yo desde ese momento no quise a nadie más. A la semana él me habló por primera vez y me compró una gaseosa y nos pusimos a hablar ya no recuerdo de qué, creo que de fútbol.
—¿A usted le gusta el fútbol? —se exaltó el vendedor, quitándose la capota de plástico.
—No, pero en mi casa siempre fueron aficionados a Millonarios, sobre todo en esa época, entonces sabía un poquito, y por Alberto lo hubiera hecho todo —respondió sin querer salirse del tema—. ¿Por qué le sorprende?
—A las mujeres no les gusta el fútbol. Mucho menos a las mujeres bonitas. Y cuénteme, ¿Alberto a quién le hacía barra? —el vendedor levantó la cabeza para ver el cielo y luego el reloj de la muñeca—. Las seis.
—A Millonarios, también, yo creo que por eso logré conquistarlo tan rápido. Me llevaba al estadio los domingos. Era un enfermo —se quedó callada repentinamente—, pero así lo quería.
—¿Y alguna vez le dijeron de dónde era la familia de Alberto, la de verdad? —le preguntó el viejo, sin aire, como infiriendo la solución de un misterio.
–Ese fue un tema muy delicado todo el tiempo con Alberto y sus papás y hermanas... –empezó a hablar la mujer embarazada.
—¿Hermanas? —la interrumpió el vendedor con violencia.
—Sí, a Alberto lo adoptó una pareja que creía ser estéril, pero cuando cumplió diez años y le explicaron que era adoptado, la mamá, Dora, quedó embarazada —levantó la cabeza y luego la inclinó hacia los lados, con los ojos cerrados, intentando recordar algo—. Tuvieron dos hijas más, unas gemelas, Berta y Mónica. Con ellas no hablé casi nunca, ya deben rondar los veintipico.

El vendedor se inquietó y empezó a tocarse el cuerpo, buscando algo en sus bolsillos. Después de unos minutos sacó de la billetera, guardada dentro del carrito, junto a los chicles, una foto que estuvo mirando el resto de la conversación, sin que la mujer embarazada se diera cuenta. La mujer pensó en seguir contándole la historia, con calma.

—Oiga, ¿y es que a usted no la esperan en ningún lado? —dijo al fin el vendedor, temblando, ya por frío o por miedo.
—No, solo tengo que llegar a mi casa, pero con este aguacero no me muevo —le respondió la mujer embarazada, sacando la mano a la calle. En ese momento pasó un carro levantando una ola de agua negra que mojó el plástico que los cubría.

El vendedor sacó una bayetilla roja y le limpió la mano. Después de secarla, le dijo:
—Quién sabe si esto baje, aquí tengo una sombrilla; si la quiere, yo no la necesito.
—No, señor, si lo más probable es que no nos volvamos a ver, quédesela que a mí me da pena –y le quitó la capota que se había vuelto a poner poco antes de ser mojados por el paso del carro.
—Eso seguro nos vamos a ver otra vez, mija —dijo el vendedor, mirándola a los ojos por primera vez.
—¿Por qué lo dice? —le preguntó, sorprendida.
—Tiene muchas cosas que contarme del papá de su bebé.
–No entiendo —y abrió la boca de asombro, oyendo aún el tono paternal, lleno de tristeza, del vendedor.
—Yo tuve un hijo que se llamaba Alberto, pero era apenas un chinito cuando nos separamos.

lunes, 21 de noviembre de 2011 Leave a comment

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