Réquiem



Foto: Saudade
Por: Juan




Réquiem
Por: Daniel


Unas semanas atrás estaba soñando con que caminaba por un callejón oscuro. Ahí la vio, detrás de un florero. Su cara tenía el tinte de la luna y su pelo el de la noche recogido en cebollita. Ella, con sus ojos grandes, grises, brillantes como la esperanza en medio de la pesadilla lo miró en silencio hasta que llegó la presencia que lo ahorcó por la espalda, haciéndolo despertar. Esa mañana dibujó y repasó  en el techo la cara que había visto entre el humo y los charcos de su sueño. Pensaba que esa imagen,  ese agradable estremecimiento, era una respuesta del más allá a lo que él había estado rogando desde hacía tiempo: amor. Salió a buscarla entre la gente, desde ese día. Confiaba en que la reconocería por sus ojos grisáceos, le diría cualquier cosa y a partir de ahí todo estaría detonado.

Ante la frustración reiterada concedida por la realidad, el pobre soñador se obligó a no olvidar a la niña detrás del florero. La dibujaba a pesar de sus limitadas habilidades en horas laborales y se esforzaba por hacer que apareciera ante sus ojos cada vez que los cerraba. Intentó bautizarla para poder llamarla entre sueños, Martina, Sara, Guadalupe, sólo pensaba, quería, se convencía de que debían ser nombres que le parecieran poéticos y le agradaran. Nombres que hicieran fluir en su imaginación la escena en la que él la llamaba y ella se volvía con naturalidad a responder. Luego de repasar y repasar ese llamado onírico con obsesión sin obtener una imagen satisfactoria, optó por cambiar la escena. Ella le estaría dando la espalda, él se acercaría sin que ella se diera cuenta y le diría “Hola, Sombra”. Ella se giraría regalándole una gran sonrisa, a eso le seguiría una mirada donde los dos se comerían con los ojos hasta que llegara ese primer beso.

Una noche, se vio a sí mismo abriendo la puerta de un viejo edificio de ladrillo. Subió lentamente las escaleras, para no hacer ruido, no despertar a nadie, no hacerse notar, siempre atento y alerta, sintiendo cada pálpito como un latigazo ardiente. Llegó al cuarto piso, entre las cinco puertas que se abrían como un abanico escogió la del medio. Estaba seguro de que la hallaría esa noche y en ese lugar habría un gran indicio. La puerta crujió un poco cuando la empujó, dejó un pañuelo en el seguro para que no sonara al cerrar, dejó sus zapatos a la entrada, y se deslizó sobre el piso de mármol hasta llegar al lugar de las habitaciones. De debajo de una puerta salía un aire frío, estampó su oreja contra la madera fría y la fue abriendo lentamente cuando escuchó el sonido de unos pies que se acomodaban. Ahí estaba ella, recostada contra el marco de la ventana, junto a un florero, sosteniendo un cigarrillo, con el cuello medio descubierto, con el pelo recogido, los hombros destapados y las piernas cruzadas, envueltas en un ceñido pantalón negro. Era realmente hermosa. Él lo sintió, como cosquillas, como vacío, como que nunca quería irse de ahí, y entonces se acercó. “Hola, Sombra…” dijo sonriendo, ella se retiró un poco de la ventana y se arregló una media antes de girarse, impávida y silenciosa. Él intentó dar un paso más para quedar frente a ella, pero sus piernas se hicieron pesadas y no respondieron a su deseo. “Hola”, repitió con una sonrisa nerviosa, ansioso por escucharla y por tener esa conversación en que ambos se declararían un amor de ensueño. Pero ella miró a la ventana, lo miró a él, probó su cigarrillo antes de botarlo al piso, “¿Por qué sueñas en blanco y negro?” dijo soltando el humo y precipitándose por el vacío hacia un callejón inundado por un humo extraño. Ya se había despertado para cuando sonó algo como un cuerpo cayendo sobre un charco.

No entendía cómo era rechazado hasta en su propio sueño. Esa señal divina se había convertido en otra tortura, otro cuestionamiento que amedrentaba su confianza y lo obligaba a pasar más rato teorizando sobre como sobreponerse a los golpes que le daba la vida y ahora los sueños.
Una tarde en que volvía a su casa bajo la lluvia pensó en que debía encontrar un estado de equilibrio en donde tuviera plena conciencia de sus acciones pero tuviera la posibilidad de viajar entre mundos. Desvió su camino unas cuadras y pasó a visitar a un conocido con el que había compartido algunos desmanes de su primera adolescencia, un buen surtido de confianza era lo que necesitaba.

Dejó la ropa mojada tirada en la cocina junto con los zapatos. Cerró la ventana de su habitación para evitar un eventual ataque del viento helado, se puso ropa cómoda y seca, una pinta con la que se sentía atlético y galante y se sentó sobre su silla en forma de concha reposando los pies sobre el edredón azul de su cama. Posó la pequeña laminilla sobre su lengua y esperó a que su sombra apareciera. Sintió que estaba viviendo largas dosis de una eternidad insufrible, decidió pararse y dar vueltas por la habitación mientras ella daba señales de su presencia. Acabó con el agua que había dejado servida sobre el escritorio, repasó el título de algunos de los libros que tenía en la repisa hasta que se plantó a fumar junto a la ventana. Iba por el tercer cigarro cuando se abrió la puerta, era ella que llegaba empapada, abrazada a un paquete. “Hola” dijo ella sonriendo, “¿Por qué te demoraste tanto en llegar?” replicó él luego de una larga bocanada de humo, “pasé a comprarte esto” le dijo extendiéndole el paquete con su mano empapada. Él lanzó la colilla aún encendida por la ventana, abrió el paquete, sacó un pequeño robot con las manos en forma de tenaza y lo puso a andar por el piso. Cuando levantó la mirada se vio a si mismo tendido en la silla, temblando, babeando, blanqueando los ojos. Afuera, sonó como si algo ardiendo hubiera caído en agua, fue entonces que se dio cuenta de que ella ya no estaba. Corrió sobre el piso de mármol atravesando la casa, bajó las escaleras, ya era de noche y no había nadie por la calle. La vio confundirse con los ladrillos entre un poco de niebla, cuando creyó adivinar por donde iba se estrelló contra una pared, volvió sobre sus pasos, desesperado, pero no encontró el paisaje oscuro y gris que había dejado atrás. El humo se hacía cada vez más denso, impidiéndole ver y caminar con acierto. Por miedo a volverse a estrellar, a tropezar, a caer, se sentó junto a un poste de luz, sobre el andén, esperando a que clareara. Un pequeño rayo de luz se abrió camino entre el aire denso e iluminó la silueta de Sombra estampada a pocos metros de sus pies. Con lo poco que le quedaba de aire intentó incorporarse, pero sus piernas lo abandonaron para siempre. Ni siquiera se movieron cuando el perro de un vecino, que había entrado por la puerta de la casa, le mordió con fuerza los pies luego de haberle lanzado encima a un pequeño robot de juguete que tenía las manos como tenazas.

domingo, 23 de octubre de 2011 Leave a comment

El trato



Foto: Sí, buenas...
Por: Daniel




El trato
Por: Juan 

Eusebio era un viejo resabiado al que ya nadie se tomaba en serio, a pesar de ser el más rico del pueblo, o quizá justamente por eso. Divagaba por las calzadas empedradas todos los días sin encontrar en qué malgastar su tiempo; a los 83, con el hígado enfermo y los riñones de un adolescente, pasaba mañanas y tardes con una botella de aguardiente y un ramo de voladores en las manos, intentando llamar la atención. Siempre tuvo una sonrisa socarrona y coqueta, incluso en su lecho de muerte, cuando haciéndose el desmayado le tocó las nalgas a la enfermera que intentaba revisarlo. A los pocos minutos murió de un infarto. Trabajó toda la vida como capataz de la finca de una familia de la capital, que al ver la dedicación con la que cuidaba las tierras, decidió venderle, a un precio bajísimo, la mayoría de terrenos que tenía en los alrededores del pueblo. Trabajó quince años para pagarlos, y quedó con el suficiente tiempo para disfrutarlos y ejercer poder e influencias en el pueblo, mágicamente.

Nadie se lo tomaba en serio porque, con todo y el poder e irreverencia evidentes que ostentaba, contaba con siete ex esposas y más de veinte hijos, todos viviendo fuera del pueblo por orden suya. Era un palabrero al que nadie podía refutarle nada. Era insensible pero era capaz de simular todo lo que en él no brotaba espontáneamente. Nunca se preocupó por sus hijos, pero intentó siempre tenerlos contentos (eso le obligaba a mandarles dinero cada tanto tiempo). Para ser campesino ganaba bien, pues desarrollaba las tareas de cuatro hombres; esa capacidad sobrehumana era también la responsable de su excesiva descendencia. Fue un apostador ocasional que se ganó un renombre relámpago en los pueblos aledaños por una puntería demoníaca. Jugaba tejo. Apostando logró ganar el suficiente dinero para mantener alejados a sus ex parejas de turno y a sus hijos (bajo sus órdenes, por pagar la comida de los niños, todos llevaban el nombre de Eusebio o Eusebia). Vivió solo casi toda su vida.

No le importaba nadie. Cualquiera capaz de perturbar la armonía del pueblo lo tenía sin cuidado, y se pavoneaba de casa en casa, preguntando por la vida de los patriarcas familiares del pueblo, o por las nietas o hijas mejor dotadas. No se guardaba nada. Una vez llegó a la oficina del alcalde y al salir, cuando ya no podía oírlos, la esposa del gobernador le pidió el divorcio y la mitad de todas sus pertenencias. Al parecer todavía están en pleito porque el hombre busca calmarla sin irse a la quiebra.

—La estuvieron buscando esta mañana en el ordeño, mija. —saludó Eusebio, jugueteando con el bastón, parándose en el marco de la puerta.
—Pero si yo no ordeño, don Eusebio. —respondió inocentemente la mujer del alcalde.
—Cómo, pero si usted da para harta leche. —dijo, riéndose con fuerza, ahogado por una tos húmeda, de fumador.

El alcalde carraspeó y la oficina se llenó de un silencio tenso que permaneció toda la estadía, incluso a pesar de los chistes que hacían constantemente Eusebio y el gobernador. Todo el mundo sabía que la vieja parecía un rollo mal envuelto, pero nadie, ni siquiera su esposo, era capaz de hacérselo saber porque tenía una fama terrible. Se cuenta que una vez le echó encima a la doméstica el aceite de freír por distraerse y dañar la comida dos noches seguidas. La pobre campesina trabaja hoy en una panadería en la plaza central del pueblo, y tiene que usar guantes para esconder las cicatrices de las manos. No fue capaz de volver a intimar con un hombre porque teme parecer un monstruo.

Todos los asuntos del pueblo, públicos u oscuros, pasaban por Eusebio; él se encargaba de dar un visto bueno a todas las políticas, a todos los negocios, como un ojo omnipresente, así cada cuatro años vinieran nuevos servidores. Los únicos que estaban obligados a hacerle caso eran los que tomaban decisiones sobre el pueblo; todos los demás, que lo conocían por lo menos de nombre, creían que era un viejo avaro y delirante, amable y siempre burlón, sostenedor de una mueca hipnótica. Cuando caminaba por la calle durante el día, cargaba siempre alguna botella de licor, siempre chupando de la boca sorbos como si intentara ahogarse. Rara vez se le veía borracho. Su juventud de apuestas lo había entrenado, y vociferaba que ese era el precio que pagaba en la vejez por ser lo que era. El viejo le coqueteaba a todas las mujeres jóvenes que encontrara, distraídas o no. Más de una vez se ganó una buena tunda de algún desaparecido indignado. Por eso a los 83 todavía tenía hijos apenas tocando la adolescencia y algunos bisnietos. Era impotente desde los 75 pero eso no le impedía seguir conquistando a cualquier mujer. Convencía con la palabra únicamente; jamás dio regalos a nadie, salvo porque fuera absolutamente necesario.

El único rumor que había sobre Eusebio era que había hecho un pacto con el diablo y que por eso había logrado embarazar a tantas mujeres, mantenerlas, y además dedicarse a no hacer absolutamente nada. Que cuando niño se cayó a un pozo y para poder salir, porque nadie oía sus gritos, tuvo que cederle un pedazo del alma (no toda) al maligno y que este como recordatorio le arrancó una falange. Nunca se pudo confirmar porque le faltaba más de una, y porque nadie sabía tampoco si se trataba de una falange del pie o de la mano. Parte de la leyenda también decía que tenía que reencontrarse con el demonio hacia la mitad de su vida, para actualizar el trato, y decidir si su elección de joven se sostenía. Nadie quiso nunca averiguar si era verdad. Tampoco se quiso pensar en las posibilidades de una negativa al trato. Lo único que le daba la razón al rumor, a medias, eran los sugerentes chistes que hacía sobre la palabra, sobre las maldiciones que la gente suele lanzar cuando está de malas. Recomendaba silencio si no se estaba dispuesto a asumir lo que uno pedía, luego reía, ahogado y tosiendo, hasta callar. Muchos pensaron, también, que esa risa ahogada, esa carcajada enfermiza, era otro de los recordatorios que el trato le había dejado, porque nunca se le vio fumar.

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Sed





Foto: Alone in the dark
Por: Daniel






Sed
Por: Daniela

Estoy en el techo del edificio y tengo un cigarrillo en la mano. Sólo le doy vueltas y lo miro mucho, como si cada segundo mi memoria lo olvidara y se volviera nuevo para mí. No puedo fumarlo porque tengo mucha sed, pero no puedo bajar a tomar algo porque cerré la puerta y dejé la llave del otro lado. Lo hice a propósito, porque después de fumar planeo lanzarme al vacío.

Desde aquí arriba el viento me susurra el Cuarto Movimiento de la Primera Sinfonía de Glenn Branca y además puedo ver el lugar de donde recientemente me sacaron a la fuerza. Es verde, una porción color pino en las montañas más cercanas a mi casa, sobre la cordillera que más consiente a Bogotá. Con el tiempo se ha vuelto automático que mi mirada se concentre en ese punto; siempre que me asomo a la ventana o subo aquí, mis ojos se dirigen de inmediato a ese color oscuro en la montaña y lo magnifican, me transportan a cada uno de sus detalles: el olor de la tierra mojada, las botas que siempre se me llenaban de piedritas, el óxido de la construcción que me encerraba, el frío, las margaritas…

Se ve tan cerca y tan fácil de alcanzar; desde aquí siento que puedo bajar al primer piso y empezar a caminar hacia la montaña, mis cálculos me hacen creer ingenuamente que no me tomaría más de dos horas volver a pie, pero me tomaría más, claro, hasta días, seguramente, y sin duda me costaría la vida.

He mirado mucho este cigarrillo. Tal vez con detallarlo logre fumarlo sin prenderlo y sin que me importe tener tanta sed. Pero no me quiero morir con sed. Morir con sed es dejar abiertas demasiadas puertas. La idea de morir con sed me da más pavor que la de morir sin decir adiós. Aunque, bueno, tengo que admitir que no haberme podido despedir de las montañas fue terrible. Quisiera haberlo hecho. Habría empezado por cada charco denso y pegajoso, le habría dicho a la tierra que la amé, que sí me sedujo una y otra vez con sus desastres. Me habría despedido de cada varilla de metal, de cada rincón tóxico y oxidado. Habría tomado cada porción de musgo, cada ser nuevo que vivía en silencio, y les habría confesado mi amor por su serenidad, les habría dicho adiós y que muchas gracias por acompañar a mis margaritas.

Cuando me trajeron a la ciudad también sentí mucha sed. Lo primero que detallé fue el color de los baldosines de un piso viejo, creo que era del baño de un estación de policía. Cada baldosa tenía un color diferente, estaban mal puestas una junto a la otra, con afán. Pensé en el óxido, los hongos y la tierra acumulada entre cada una de ellas, y en lo diferente y aburrido que era su color, tan provocado por lo humano, tan diferente al de mi jaula. Recordé la primera vez que agarré a Lucía y la empujé suavemente contra una pared para robarle besos. La pared contra la que ella estaba era similar al piso percudido que vi en la estación, tal vez tenía margaritas en mosaico, y allí sentí nostalgia de mis caprichos sexuales, que hace tanto descansaban en paz.

En ese mismo baño bebí agua de la llave. Ya sin sed salí, para mi sorpresa, sin problema por una puerta estrecha y vigilada, junto a la que me estaba esperando un hombre negro con una barba muy gris. Me ofreció un cigarrillo y fumamos en el parqueadero. Cuando acabé de fumar tiré la colilla contra el asfalto y rebotó un par de veces antes de detenerse en un pequeño charco de esos que con la grasa y la luz del sol contienen pequeños arco–iris. Sentí sed de nuevo y recordé cómo en mi jaula era fácil encaminar a un estanque artificial el agua de un manantial que había cerca, para beberla durante el día. Ahora en el techo no recuerdo muy bien a qué lado de la jaula estaba el manantial. Es tan difícil volver a situar las cosas y las dimensiones de lo que fue el espacio propio sin caer en la construcción de un laberinto…

El hombre me ofreció otro cigarrillo “para el camino” pero lo rechacé. La sed no me dejaba pensar y me sentía inseguro con él. Lo que ocurrió después lo recuerdo como un sueño: estábamos en el parqueadero y, de repente, ya no estábamos allí, sino en tu cuarto, Lucía, y el hombre me mostraba con cuidado cada rincón de lo que habías habitado. Fue allí cuando volví a pensar en segunda persona. A veces me hablo en segunda persona pero creo que te hablo a ti, Lucía, como le hablaba antes a los montones de hojas secas y rojizas que se acumulaban alrededor de las margaritas.

Estoy parado en el borde del techo y evito parpadear, temo que el más mínimo movimiento me lleve de vuelta a un pensamiento que no se dirige a ti sino a una divinidad sorda.

Ya se me olvidó tu cuarto, ya olvidé qué ocurrió después de que el hombre de la barba me ofreciera por tercera vez un cigarrillo y me dejara a llorar dentro de un bus. Sólo recuerdo la sed tan desesperante que sentí y lo aberrante que me resultaba haber considerado calmarla con lágrimas. A veces siento que mi sed es síntoma de mi alergia a las palabras, a hablar. Otra veces siento que es abstinencia de ti, Lucía. Y otras veces siento que es señal de que me han mentido, una sospecha silenciosa de que hay detalles en el universo que han sido omitidos, que nos han ocultado, como que llueve por fuera de la tierra y que allí crecen margaritas, como que si salto es probable que quede suspendido y que nada me lleve al piso. No es importante, supongo; la verdad es inútil para el espíritu.

Antes de que empiece a llover voy a encender el cigarrillo. Tengo que meditar con él entre los dedos o entre los labios. Y quiero olvidarme del agua ácida y poluta que está a punto de caer sobre mí. Quiero dejar de pensar en el reciente silencio que ha dejado el final de la canción. Quiero, sobre todo, evitar hablar. Quiero distraerme de lo que viene y de lo que ha pasado. Todo se resume fácilmente pero no lo voy a hacer. No voy a pronunciar sonidos que cuenten que te apagué y te oculté bajo mi cultivo de margaritas, no voy a admitirlo para poder sentir que puedo saltar en paz.
Voy a volver a la montaña y voy a halar la puerta oxidada hacia mí.
Voy a pasar el seguro torpemente y me voy a dar la vuelta.
Mejor la propia prisión que la ilusión de libertad.
Mejor encerrarme con mi pecado que pagar por su memoria.
Las tragedias se cumplen así, en soledad, sin solemnidad.

lunes, 17 de octubre de 2011 Leave a comment

Volver


Foto: La ampara
Por: Daniela




Volver
Por: Juan

Cuando abrí los ojos estaba acostado en el piso, tratando de enfocar algún punto negro en la que me parecía una infinita pared blanca atenuada por una luz muy débil. Pasados unos minutos mi cuerpo se elevaba con lentitud diagonal a lo largo de la pared, que todavía ojeaba. Vi un farol que iluminaba tenuemente el callejón. Vi también que la luz del farol me iba inundando cada vez con mayor intensidad; de las tinieblas pasé a la penumbra, y mi abrigo, que en algún momento se desparramó en el suelo, se incorporó con el resto de mi cuerpo, como al unísono. Mi mano derecha, que se enderezaba de una posición macabra de la que parecían rotos mis huesos, se apoyaba en el empedrado de la calle y me levantaba con calma, con una cierta ceremoniosidad que jamás habría podido notar de otra forma. La otra mano estaba escondida dentro del abrigo, conteniendo algo en mi pecho. Solo sentí las punzadas que se alejaban de mi mano derecha mientras el dolor de unas pisadas se deshacía con lentitud mientras me levantaba. Me impulsaba con una temerosa calma, agónica casi, debilitado por dos torrentes de sangre que se incrustaban en mis costillas (una de ellas en un pulmón), dos hilos rojizos que se colaban por entre mi camisa y que en un intento por alejarse del suelo se recogían sobre sí mismos para buscar protección en mí. Progresivamente la sangre entraba a mi cuerpo hasta hacerse imperceptible en la camisa y ser apenas unas gotas que terminarían revelando dos huecos del tamaño de tres monedas apiladas. Me recosté mirando la pared, con la cabeza sobre el brazo derecho, y el izquierdo con la mano en el bolsillo interno del abrigo, sosteniendo lo que me parece era una nota de Helena. En ese momento tenía los ojos muy abiertos, como asombrado con algún punto incierto del muro, como si el estuco blanco con el que había sido recientemente retocado (eso lo infería) tuviera algún atributo especial que yo quería hallar y no podía. El asombro tenía oculto un intenso dolor en una rodilla que se iba desapareciendo a medida que me ponía de pie frente al muro. Un cuchillo me cerró dos heridas con calma, con choques acompasados y ligeros. A medida que me separaba de la pared, alguien, no sé bien quién, me susurraba al oído gruñidos guturales, ininteligibles, como tergiversados por el movimiento de los cuerpos. Creo que era un hombre y logré sentir cómo evocaba un movimiento parabólico inverso para guardarme el reloj en el bolsillo derecho del abrigo. Cuando finalmente despegué el brazo de la pared y me alejé caminando hacia atrás, intentando no perder el equilibrio, me paré a ver la luz del farol, que tenía una inclinación inverosímil; se ondeaba hipnóticamente. Las manos del hombre pasaron por mi espalda bruscamente y se separaron al instante. Escuché unos pasos que se alejaban hasta silenciarse mientras me giraba para cambiar de dirección; tenía que volver a casa para reescribir la nota que iba a entregarle a Helena. La conversación que acababa de tener con Guillermo, un amante de Helena hace unos años, con quien estuvo cerca de casarse, me hizo arrepentirme de lo que traía en el bolsillo. Vino y se fue de pronto, evitándose formalidades. Nos estrechamos las manos con frialdad.

—Me voy, entonces.
—Es mi última oferta.
—No.
—Sus amenazas no valen nada, Guillermo. De todas formas el pañuelo de la nota se manchó con tinta y tengo que volver, porque está ilegible. Encontrémonos aquí mañana.
—Porque el único que sabe sobre usted soy yo.
—¿Por qué Helena?
—Y Helena.
—¿Usted y yo?
—No me obligue a hacer algo de lo que podríamos arrepentirnos.
—Dudo que sea más efectivo que este papel.
—Eso no significa que lo que tengo en mente, lo que sé que funcionó antes, no funcione ahora.
—Pero ya no.
—Antes de eso, antes de que lo conociera, antes incluso de que yo lo conociera a usted, estaba tranquila, vivía feliz con lo poco que yo podía ofrecerle. Era modesta.
—Pero si ella lo dejó por mí y otro escuadrón de pobres diablos de quienes yo no sabía nada.
—Creo que no me está escuchando, nadie la conoce como yo.
—No hay forma de hacerlo, llevo intentándolo años, esto que traigo aquí en mi bolsillo está destinado a ella y a que no le haga ningún daño a nadie más. Es suficiente.
—Yo ya viví eso, y sé a qué me atengo, sé cómo hay que llevarla, y más importante aún, sé cómo aprovecharme.
—Usted no es nadie. Hágame caso, lo mejor que puede hacer es alejarse, ella tampoco es como creemos, o como creía yo desde el principio. Es violenta, es insufrible, es intratable cuando le da la gana.
—Óigalo bien, todo.
—No hay nada que pueda hacer.
—Haría todo por ganármela de nuevo.
—Helena lo dejó.
—Federico, necesito estar con ella, necesito sus manos.

Vi a Guillermo alejarse luego de mirarme fijamente, arrepentido. Anduvo yendo hacia la sombra a la vez que yo guardaba y sacaba la nota una y otra vez. Mi cuerpo caminó de regreso a la fábrica, jugueteando con las llaves del portón principal, haciéndolas girar lentamente. Tenía los dedos impregnados de tinta.

Guardé el pañuelo, como habiendo leído algo que no era mío.

No existe fuerza suficiente para soportar sus abusos, Helena. Ni la más baja de las ratas merece el trato ególatra y miserable al que usted me ha sometido desde que concertamos el matrimonio. Ni la más virginal y hermosa de las mujeres que habitan la ciudad puede darse ese mundo hedónico y falaz del cual usted se ha alimentado a costa mía. El nombre —su nombre— quedará marcado de aquí en adelante como la más infame de las abyectas manipuladoras, no se moleste en volver a salir a la calle. Lo único que le espera es el aislamiento, la humillación pública. No se moleste tampoco en averiguar lo que pasará ni el turbio destino que reposa ahora en mis manos. No busque resarcirse y, si todavía tiene la decencia mientras lee mis vísceras en este pañuelo, corra y escóndase, que no hay sufrimiento físico que mitigue lo que se avecina.

Algún día suyo,

Federico

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