Por la tarde




Foto: Un, dos, tres, por mí
Por: Daniel



Por la tarde
Por: Juan

—Discúlpeme, ¿podría decirme qué hora es?

El vendedor, de mirada resignada, tuvo que esconder el brazo dentro de la enorme bolsa blanca que lo refugiaba para poder sacar la muñeca a la intemperie y ver la hora en un reloj viejo de pulso encuerado.

—Tres y media —dijo, como para sí, y siguió con la mirada un hilo de agua que caía a un lado del paradero con un ritmo irregular.
—Qué manera de llover. A este ritmo nos va a tocar andar en canoa. —comentó la mujer embarazada, intentando sacarle una sonrisa al viejo.
—Se me van a ahogar los pescaditos —y sonrió, divertido, sin mirarla.

La mujer embarazada rio con inocencia y empezó a jugar con un hilo suelto de su camiseta.

—Me imagino que cuando llueve las ventas bajan bastante —comentó después la mujer, acariciándose el vientre, mirando de reojo al viejo buscando algún gesto de consuelo para enfrentar la lluvia.
—Sí, no se vende casi nada, pero sobre todo porque yo me tengo que quedar buscando algún techo y es raro encontrar a alguien que quiera comprar algo con estos fríos —se detuvo un momento, se arregló la enorme bolsa que lo tapaba a él y a su carrito, y siguió—; si me va bien vendo cigarrillos, porque la gente fuma mucho para soportar el agua, y se quedan haciéndome conversación mientras escampa. Pero eso no es tan común.

El vendedor parecía hecho de piedra y la piel era oscurecida por la lluvia, aunque no estuviera mojado. Tampoco hablaba, así que la mujer embarazada, jovial a pesar de estar cerca del parto, o tal vez por eso, intentaba conversarle, preguntándole hasta lo más mínimo. La lluvia no calmaba su ritmo, por lo que tuvieron que acercarse para evitar el agua.

—¿Cómo se llama? —preguntó finalmente el vendedor después de un silencio largo.
—¿Quién? —la mujer embarazada también estaba distraída.
—El bebé, o la bebé —y le señaló el estómago con los labios, sin moverse de su sitio.
–Ah, es que estaba pensando en otra cosa. Alberto, se va a llamar Alberto, como el papá —miró al suelo y sonrió.
—Mire usted, yo también me llamo Alberto.

El vendedor no se movía, pero hablaba con una voz aguda y pausada. La mujer embarazada estaba asombrada por la casualidad a pesar de saber lo común del nombre de su hijo.

—Ya me parece raro encontrar bebés que se llamen como los papás —habló de pronto, levantando la voz por encima del ruido de las gotas que golpeaban el techo del paradero con fuerza—. ¿Y están casados?
—No, él desapareció poco después de habernos comprometido, hace unos meses —la mujer embarazada cerró los ojos y se agarró con fuerza el estómago.
—¿Está bien? —preguntó, despreocupado, el vendedor.
—Sí, no es nada, a veces me dan dolores, pero es normal —balbuceó.

Mientras la mujer embarazada se tuvo que sentar en la banca mojada del paradero, el vendedor apenas movió la cabeza para ver si estaba bien. No tardó en volver a sonreír y a charlar, como si nada hubiera pasado; apenas se levantó a ver qué tan mojado tenía el pantalón.

—Había salido a trabajar ese día, Alberto. Vendía carros en un concesionario. O vende —se quedó callada un instante, dudando—, no sé. La verdad es que desde que desapareció no sé si hablar de él como si se hubiera muerto. Trato de no pensar mucho en eso porque me deprimo y la tristeza le hace mucho mal al bebé. Por eso siempre estoy contenta —volvió a sonreír—, por eso decidí hacer lo posible porque a Albertico no le haga falta nada, nunca.
—¿Y la familia del papá? —el vendedor había empezado a interesarse un poco en la historia a pesar de que no le había preguntado nada más allá sobre el papá del bebé.
—Alberto era adoptado y nunca tuvo una buena relación con su familia, y se fue a vivir solo muy temprano. Yo creo que por eso le fue bien en la vida, aprendió a cuidarse solo desde joven.

La lluvia se hizo más violenta y el cielo se tornó negro; empezaba a caer el sol pero ninguno de los dos podía moverse todavía, y parecía más bien la media noche. Hasta los postes de luz se prendieron. El vendedor desdobló un pedazo escondido de la misma bolsa, y se lo extendió a la mujer embarazada que se arropó suavemente con él, agradeciéndole con un toque en el hombro. El vendedor apenas parpadeó.

—¿Cómo se conocieron? —retomó el vendedor.
—Sonará un poquito ridículo, pero fue en la panadería del barrio, cuando apenas teníamos catorce o quince años. Nos cruzábamos mucho y un día yo empecé a pasar más tiempo allá, esperando que él pasara por el pan de la noche. Casi siempre compraba roscones y almojábanas, y un kumis —soltó una carcajada ahogada—. Una vez nos quedamos mirando como dos minutos sin pestañear; yo desde ese momento no quise a nadie más. A la semana él me habló por primera vez y me compró una gaseosa y nos pusimos a hablar ya no recuerdo de qué, creo que de fútbol.
—¿A usted le gusta el fútbol? —se exaltó el vendedor, quitándose la capota de plástico.
—No, pero en mi casa siempre fueron aficionados a Millonarios, sobre todo en esa época, entonces sabía un poquito, y por Alberto lo hubiera hecho todo —respondió sin querer salirse del tema—. ¿Por qué le sorprende?
—A las mujeres no les gusta el fútbol. Mucho menos a las mujeres bonitas. Y cuénteme, ¿Alberto a quién le hacía barra? —el vendedor levantó la cabeza para ver el cielo y luego el reloj de la muñeca—. Las seis.
—A Millonarios, también, yo creo que por eso logré conquistarlo tan rápido. Me llevaba al estadio los domingos. Era un enfermo —se quedó callada repentinamente—, pero así lo quería.
—¿Y alguna vez le dijeron de dónde era la familia de Alberto, la de verdad? —le preguntó el viejo, sin aire, como infiriendo la solución de un misterio.
–Ese fue un tema muy delicado todo el tiempo con Alberto y sus papás y hermanas... –empezó a hablar la mujer embarazada.
—¿Hermanas? —la interrumpió el vendedor con violencia.
—Sí, a Alberto lo adoptó una pareja que creía ser estéril, pero cuando cumplió diez años y le explicaron que era adoptado, la mamá, Dora, quedó embarazada —levantó la cabeza y luego la inclinó hacia los lados, con los ojos cerrados, intentando recordar algo—. Tuvieron dos hijas más, unas gemelas, Berta y Mónica. Con ellas no hablé casi nunca, ya deben rondar los veintipico.

El vendedor se inquietó y empezó a tocarse el cuerpo, buscando algo en sus bolsillos. Después de unos minutos sacó de la billetera, guardada dentro del carrito, junto a los chicles, una foto que estuvo mirando el resto de la conversación, sin que la mujer embarazada se diera cuenta. La mujer pensó en seguir contándole la historia, con calma.

—Oiga, ¿y es que a usted no la esperan en ningún lado? —dijo al fin el vendedor, temblando, ya por frío o por miedo.
—No, solo tengo que llegar a mi casa, pero con este aguacero no me muevo —le respondió la mujer embarazada, sacando la mano a la calle. En ese momento pasó un carro levantando una ola de agua negra que mojó el plástico que los cubría.

El vendedor sacó una bayetilla roja y le limpió la mano. Después de secarla, le dijo:
—Quién sabe si esto baje, aquí tengo una sombrilla; si la quiere, yo no la necesito.
—No, señor, si lo más probable es que no nos volvamos a ver, quédesela que a mí me da pena –y le quitó la capota que se había vuelto a poner poco antes de ser mojados por el paso del carro.
—Eso seguro nos vamos a ver otra vez, mija —dijo el vendedor, mirándola a los ojos por primera vez.
—¿Por qué lo dice? —le preguntó, sorprendida.
—Tiene muchas cosas que contarme del papá de su bebé.
–No entiendo —y abrió la boca de asombro, oyendo aún el tono paternal, lleno de tristeza, del vendedor.
—Yo tuve un hijo que se llamaba Alberto, pero era apenas un chinito cuando nos separamos.

lunes, 21 de noviembre de 2011 Leave a comment

Este juego de nosotros



Foto: El sol no basta
Por: Juan



Este juego de los dos
Por: Daniel

- ¿Qué haces con esa hoja?
- Nada, uno no puede hacer nada con esta hoja.
- Se ve bonita a contraluz.
- Será lo único.
- No, pásamela por la espalda. Despacito.
- Entonces quítate la chaqueta y la camiseta, despacito.
- No me voy a quitar nada.
- ¿Por qué?
- Porque me empieza a picar el pasto.
- Puras excusas.
- Te calientas muy fácil.
- ¿En serio?, ¿sólo quieres que te pase la hoja por la espalda y ya? Vas a terminar durmiéndote.
-¿Y qué si me duermo?
- Me voy de aquí y quedas como un alma desolada.
-Te vas de aquí a jalarte un rato.
- Podría.
- ¿Por qué paras?
-  ¿Te acuerdas de la última vez que estábamos en estas?
- Sí, claro, en la casa de la abuela.
- Con la escobilla de la chimenea.
- No sé cómo me pudo parecer sexy eso.
- Acabó bien esa vez, ¿no?
- ¿Si ves?, pura calentura tú.
- Los dos.
-Esa vez…
- ¿Qué crees que hubiera dicho tu mamá si nos hubiera encontrado?
- Yo creo que se devolvía a llorar en el cuarto.
- Si, podría.
- ¿Y tu mamá?
- Se pone a hablarnos ahí, mientras estamos en bola, para hacernos sentir bien poca cosa.
- Y luego nos dejaría de hablar…
- ¡No! Nada que ver, se pone a hablar todo el tiempo. Y como a vigilar. Y a preguntar. Como si todo estuviera bien pero la verdad no. Muy querida ella, así sería.
- Efecto-induce-suicidio
- Si. Suicídate-en-bola. ¡Oye!, pero imagínate lo que haría la abuela…
- Nos deshereda.
- Nos mata. Nos incendia. Nos mete en la chimenea y nos quema con casa y todo.
- Por pecadores. Porque sólo el abuelo y ella podían hacerlo en esa sala.
- Y usar, así, la escobilla.
- Qué asco… Qué descaro nosotros.
- Pecadores y descarados al cuadrado.
-¿Cuál es tu pecado favorito?
- Gula.
- Mentira. La calentura. La lujuria. ¡La lujuria!
- ¿Y tú?
- Te vas a reír… La vanidad.
- No te creo.
- ¿Por qué?
- Eres más como la ira.
- No. Ese serías tú.
- La pereza entonces.
- No. Es más como la soberbia.
- ¿Por qué lo dices?
- Tengo un amante.
- Yo sé.
- ¿No vas a decir nada más?
- ¿Por qué no me habías dicho antes?
- ¿Desde cuándo sabes?
- ¿Eso importa? ¿Por qué no me habías dicho?
- ¿Cuánto tiempo llevas así, como si nada?
- ¿Con qué cara me dices eso?
- No sabía cómo decirte.
- Así. Tengo un amante.
- No es tan fácil.
- Para mí tampoco.
- No reaccionaste como creí.
- No piensas bien últimamente.
- No seas así.
- No me jodas.
- Ponte como quieras entonces.
- No es lo que yo quiera, ¿no? Yo soy pura calentura, ¿no?  Vete a la mierda.
- Ahora sí reaccionas como creí.
- ¿Me trajiste hasta acá a calentarme las huevas y a decirme que tienes un amante?
- Tú solito te calentaste las huevas.
- No me jodas Miguel. ¡No me jodas!

- Apuesto a que él no te da besos así.
- No.
-Apuesto a que es todo animal y te babea toda la cara.
- No.
- Entonces nunca antes se había dado besos con alguien y por eso te gusta.
- No. Son besos suaves. Sus labios son carnuditos. Se mueve lento. Me aprieta, casi siempre me aprieta. Me gusta. Es rico.
- ¿Por qué carajos me cuentas eso? Imbécil.
- Me pasa la lengua por debajo de los dientes, despacito.
- Cállate.
- Y me muerde pasito. Sabe morder.
- ¡Que te calles!
- ¿Te calentaste?

- Te odio.
- ¿Por qué te conozco?
- Porque sí.
- Tú me haces sentir más cosas.
- Es porque él no te conoce como yo.
- Es ella.
- Quien.
- Él es una ella.
- ¿El que te muerde y te aprieta es la que te muerde y te aprieta?
- Ajá.
- ¿Quién es?
- Se llama Ximena.
- ¿Y?
- Estudia para ser actriz, baila ballet y canta.
- ¿Tiene una mamá neurótica que no la dejó tener adolescencia y un hermano que la cela con todos?
- No.
- Entonces no la conozco.
- No, no la conoces.
- Preséntamela. ¿Es bonita?
- Si. Muy bonita. Eso, bonita.
- ¿Complicada?
- No, para nada.
- ¿Le gusta la pizza?
- Si, pues, hemos comido.
- Preséntamela. Vamos a comer pizza.
- Es callada.
- Entonces es mojigata.
- Tan bobo.
- ¿Crees que le guste?
- ¿Gustar cómo?
- Pues, que le simpatice y quiera volver a salir conmigo.
- No veo por qué no.
- Llámala ya.
- ¿Y qué le digo?
- Que tienes un amigo, que es buen partido, que si salimos a comer pizza que estamos cerca.
- ¿Lo de siempre?
- Lo de siempre.
- No contesta.
- Déjale un mensaje.
- Está bien.
- Vamos por un chicle antes.
- Bueno. Pásame la chaqueta y la camiseta, por favor.
- Toma.
- Espera. Hola Ximena, ya vamos por ti, dile a tu mamá que no nos demoramos, sólo vamos a comer. ¿Bueno? Oye, y dile que conseguimos la hojita.

Leave a comment

Mariana

Mariana
Por: Juan

Mariana se enamora todos los días de personajes diferentes. Se jacta de ser exigente a la hora de fijarse en alguien, pero la verdad es que se traga en silencio cualquier posibilidad de hablar, sean conocidos o no. Así ha sido siempre, incluso desde que era una niña y apenas empezaba a explorar el trato con los demás. Siempre se ha encargado de proyectar una imagen de seguridad que la distancia del mundo, y solo sus amigos más cercanos saben cómo es realmente. Es jovial y amable y trata bien a todos con una formalidad tajante; eso le ha significado ser un prodigio en lo que hace desde muy joven —es publicista, de esas que trabajan en campaña con empresas grandes y se inventan frases ingeniosas que son fáciles de recordar— y le da también para ser particularmente llamativa cuando socializa.

Tiene tres o cuatro amigos muy cercanos, con los que habla casi todos los días, Iván, Felipe y Catalina. A los dos primeros los conoció en su paso por la universidad, y a la tercera la conserva desde el colegio; es la única con la que habla desde hace tanto. Porque siempre pensó que los demás con los que estuvo en clases desde pequeña, los que tal vez mejor conoce y cuyas perversiones se sabe al dedillo, son un montón de descerebrados deshonestos que no vale la pena ni es saludable tener cerca. Todos menos uno con el que tuvo una relación tormentosa en los últimos años de clases y del que no volvió a saber sino hasta que murió de un cáncer de páncreas meses más tarde de graduarse del colegio. La razón se la dan más de cuatro o cinco que ya están lanzándose a la política con las mismas propuestas que lo hacen siempre los que están detrás de la plata fácil.

Mariana tuvo la posibilidad de dedicarse a la publicidad política pero prefiere venderse primero por un computador que por una promesa falsa. Suele creer que el computador al menos da una satisfacción instantánea y pasajera, además de ser útil y de dejarle la consciencia limpia. Esa aparente rectitud y una belleza física insoportable hacen que no tenga que preocuparse por que se hable de ella, sino, al contrario, la obliga a cuidar bien lo que hace. De todas formas, eso nunca le ha quitado la tendencia de enamorarse profundamente cada vez que ve a un hombre (tuvo una época en la que se enamoró más de mujeres, pero eso ya pasó y por el bien de su familia, conservadora y tradicional, espera no se repita, aunque sabe que se trata de algo que la excede) y que hable de él por horas sin parar. Más de una vez ha temido quedarse solterona y tener que comprarse un montón de gatos, como buena hija de Hollywood. Ni siquiera le gustan los gatos, pero se acostumbró muy pronto a anticipar la resignación.

Su historial amoroso es más bien ridículo, casi ficticio. Más allá de los delirios colegiales que tuvo con Andrés (el que murió de cáncer), su imagen de superioridad niega cualquier acercamiento posible con aquellos en quienes se interesa. Por eso se inventa historias sobre sus intereses sexuales; empezó cuando iba a mitad de carrera y acostumbraba sentarse en las mismas bancas todos los días, a fumar y a leer. Leía de reojo, fumaba con un gesto ya amaestrado de falso desinterés, y miraba cuidadosamente quién pasaba. Escribía notas, aunque esa es una práctica que perdió y que eventualmente retoma cuando está sola tomando café o esperando un martini en un bar.

En esas notas (aún conserva algunas que tiene en una caja de recuerdos) los nombres son apenas comodines que sirven para leer las fijaciones de los hombres más atractivos —Mariana todavía recuerda a Marco, un antropólogo que caminaba por esa zona todos los días y al que ella le atribuía una adicción al sexo y un tamaño de pene casi circense, a pesar de sus escasos 1,60 metros—, los más excéntricos —usualmente eran los desapercibidos, los que buscaban no resaltar; Santiago, un gigantesco fanático del manga y los cómics, tenía en su habitación un armario escondido en el que conservaba disfraces de cuero, látigos y paletas con púas, listos al menor indicio de seducción—, o incluso los más ingenuos y tiernos —a los que ella le atribuía poderes sexuales irrisorios (jamás ha pensado en que un hombre sea malo, o incapaz de satisfacer a una mujer, sino que no ha dado en el blanco con eso que le convertirá en una potencia sexual incontenible).

Mariana es lo suficientemente sugestionable para entender hasta qué punto pueden llegar las perversiones dentro del ámbito privado; la suya es leer todas sus anotaciones, como una investigadora delirante, en voz alta; cree que en la palabra está la forma perfecta de romper los límites del placer. Por eso lee sus ficciones en voz alta, durante la noche, mientras se toca. Lo hace semanalmente. Eso lo descubrió —y se los agradece desde entonces cada vez que lo recuerda— con Jessica y Silvia, dos amantes que tuvo en secreto simultáneamente, y de las que nadie supo. Una le enseñó a masturbarse como nadie, y la otra, más romántica y torpe (más hombruna, también), con una fantasía compulsiva por enamorarla, le leía cartas y relatos eróticos mientras hablaban por teléfono. Una estudiaba diseño de modas a unas cuadras de su casa, y la otra era futbolista, y la había conocido en un asado en la finca de su jefe.

Para alimentar sus necesidades, Mariana convierte a toda persona atractiva en un personaje de su ficción; los transforma en insectos ávidos de disección por su voz y sus gemidos. Lo curioso es que cree que en el centro de esa obsesión se esconde un cometido profundamente romántico, un acto de amor rodeado de un lenguaje secreto que nadie más que ella es capaz de descifrar, y que aun a ella le cuesta. Durante mucho tiempo, antes de empezar a escribir, Mariana construyó mapas mentales y llenó de fotos y cartas de autores inexistentes el aparente interés que tenía por uno u otro chico que captaba su atención. El día en que le entregaron su diploma de publicista quitó también de su pared una especie de altar que había construido con mensajes, envolturas de chocolate y todas las indirectas que quiso enviarle a todos los personajes que tiempo después serían tinta en su libreta sexual. A fin de cuentas, todas las exigencias de Mariana se reducen al hecho de que ninguna pareja podrá ser tan entretenida como lo que ella hace de sus desconocidos; por eso se resigna a pensar que el amor es producto del aburrimiento, y a que ella no quiere, finalmente, que ninguna fantasía se cumpla, que ningún hombre le ponga atención, que nadie se acerque más de lo necesario. 




Foto: Así
Por: Daniel



lunes, 7 de noviembre de 2011 Leave a comment

Cuento lúdico para niños sin pesadillas

Cuento lúdico para niños sin pesadillas
Por: Daniel

Abelardo Piñeros sacó el tubo de ensayo del horno, lo miró con la sonrisa macabra que había estado añejando durante toda su inmunda vida y lo tomó, cuidadoso, entre sus manos llenas de grasa y escombros de alopecia, para guardarlo finalmente, lleno de emoción y sudor, envuelto en un fino paño rojo del más suave carmesí. Había, por fin, perfeccionado el virus con el que los feos tendrían su revancha sobre la humanidad, bellezocrática y traicionera. Abelardo salió de su apestosa cloaca, un laboratorio secreto construido en el laberíntico circuito del alcantarillado de la capital del mundo, para encontrarse con el resto de su organización de feos asquerosos.

Guillermo Tejada, un negro chaparro con labio leporino a medio operar, ojeras perennes y el afro de un caracol; recibió el paño con la emoción con la que se recibe en navidad un regalo mejor que el del vecino. Su diente de oro de fantasía dio un pequeño destello en la puerta del subterráneo cuartel general, cuartel que antes pertenecía a los masones pero fue conquistado por los feos luego de un pequeño pony de troya repleto de licor envenenado, en el que estaban consignados en los roídos muros de corcho los retratos de los bonitos categorizados como accesibles e influyentes: sin ser celebridades eran seres afrodisiacos que bien podían ser los conejillos de las más bellas indias para llevar a cabo el brutal y vengativo experimento.

 Rosalinda Caro, recibió del negro paticortico el paño, Guillermo había recorrido en su triciclo las calles principales de la capital del mundo y había entregado el sagrado testimonio a la encargada de empezar a propagarlo entre sus colegas-poco-o nada-favorecidos-por-la belleza para que la hora del arbitrario juicio final llegara por fin a la faz de la tierra y borrara por completo a la postiza y plástica humanidad. Rosalinda era la encargada de la imagen (si se puede hablar de algo así con los feos) del grupo insurgente. Mantenía al grupo, de calibre internacional, informado a través de plataformas virtuales, dándole un hogar a los corazones no queridos y los fracasos reiterados bajo el estandarte de “los más equis”, grupo que ha sido objeto de burlas por parte de la humanidad entera al ver las fotos de sus integrantes y los conflictos existenciales que manifiestan. Rosalinda llamó a su amiga medio bonita para que ella llamara a la bonita, así hasta llegar a la realmente bonita. Se reuniría entonces el grupo de mujeres, a deshoras obviamente, era una emergencia, otra crisis de la gorda babosa con tetas estrábicas y exceso de fluidos y gases, angustiada porque nadie la quería y nadie la había tocado desde que la cargaban sus papás, y eso que a las malas. Otras feas, de las más selectas, habían sido encargadas con la misma misión, fingir un berrinche memorable, una escena típica y nada sospechosa que no levantaría ninguna suspicacia entre los tontos bonitos.

Y así ocurrió. En simultánea, casi, muchas feas a medio querer por sus amigas lloraron sus ojos y propagaron el virulento descubrimiento del tibio Piñeros en bares, restaurantes y parques de la capital del mundo.

 El virus consistía en una pequeña partícula malévola incompleta que se conectaba cuánticamente con su complemento, superando el espacio-tiempo-género-edad, provocando una reacción de inhóspita fatalidad. En cuestión de horas el virus que había sido regado en la capital del mundo se había extendido hasta los recodos de la selva y las profundidades de los sindicatos y sus rocambolescas guaridas. No había en el mundo un rincón exento de la amenaza encarnizada de la fealdad. Cada vez que alguien se masturbara su pensamiento activaría la malévola y fatídica partícula incompleta que buscaría a toda costa, en cuestión de micro milésimas de segundo, conectarse con su complemento. El complemento lo encontraría en el ser inspirador del dichoso, o doloroso, pajazo. La conexión metaorgánica potenciaría las sensaciones deleitosas del acto de autoplacer o autoconsuelo, y al mismo tiempo generaría una carcajada imparable e incontenible en el ser inspirador, acabando con su vida con un ataque de risa, o en el mejor de los casos, una explosión de algún órgano interno, sea estómago, páncreas, hígado o riñón, y bienaventurados a quienes les explota el cerebro: una muerte que economizaría el dolor, sin duda.

Todos los seres del mundo prosiguieron tranquilamente con sus cotidianeidades, matanzas, apuestas, traiciones, lanzamientos, uno que otro suicidio o enfermedad, y esas cosas que rellenan las redes sociales y líneas telefónicas permanentemente, “los más equis” sólo esperaban. A las 9:45 de la noche en la capital del mundo, hora en la que la mayoría de la población normal está lejos del REM, Gasparcito Prada, un tuerto manco que nació feo y se volvió inmundo luego de un accidente, recibió la orden del ñoco Casimiro, el discípulo del negro Guillermo, para detonar la fase tres, la fase terminal del plan. Gasparcito fundió el generador principal de la central eléctrica principal de la ciudad. El apagón fue total, a tal punto que los policías debieron salir con sus linternas a las vías principales de circulación para pedir a los conductores que esperaran “in situ” mientras se resolvía la pequeña falla del sistema eléctrico abastecedor de la ciudad. Nada como el caos de las comunicaciones, la privación de los típicos y moralmente aceptados sistemas de entretenimiento, para desatar un tsunami de pajazos tremebundos o arrunches pornograficoides. Los gritos no se hicieron esperar, las carcajadas menos, el cielo se pobló de dolorosos sonidos de placer mientras que la ciudad se poblaba de cadáveres, provocados no sólo por el virus sino por situaciones mal manejadas, como la tristeza de ver a un ser querido morir, o el darse cuenta de la ausencia propia en los pensamientos de deleite de un ser querido. Los feos se aglomeraron en los diferentes templos, rezando cada uno para no hacer parte del pequeño margen de error calculado. Si bien se trataba de una guerra en la que había que darlo todo por vencer, les torturaba pensar que no gozarían de la bienaventuranza que brinda la venganza por culpa de algún loco o desadaptado con problemas de filias descarriadas o amor idealizado.
El mundo, dominado ahora por los feos, debía enterrar sus preciosidades y nada como los océanos para hacerse cargo de cobijar a los antiguos tesoros de la humanidad. Ese día, la tropa universal de los malucos celebró el haber acabado con una minoría dominante de la humanidad, pero también entendió, ya un poco tarde, que junto a ella, había enterrado a la buena paja.




Foto: los infortunios de la calvicie
Por: Juan



Leave a comment

« Entradas antiguas Entradas más recientes »

Pelotón

Todo material presentado en este blog, textual o fotográfico, pertenece a Postales de Guerra. Con la tecnología de Blogger.